Recetario

Atole de champurrado

Para el frío que traen las cabañuelas nada mejor que esta bebida preparada con maíz y chocolate al estilo de la abuela

Beatriz Rosette Ramírez

Foto: Cortesía.

Desde el baúl de los recuerdos… ¡Ya están aquí las cabañuelas y para este frío no hay como un buen atole de chocolate, decía mi abuela! Mi querida matriarca se refería a las lluvias de los meses de invierno, que por ende se acentuaba el frio en la ciudad de México. Para Doña María, hasta al clima le encontraba una relación directa con la cocina, oportunidad propicia para abrir su corazón con su arte culinario. Era, estoy cierta, un pretexto indiscutible y preparar alguna delicia con la que nos seguía enamorando cada vez que la visitábamos.

La temporada de frio, época perfecta para un delicioso atole o champurrado. El atole es de origen mexica y básicamente consiste en una mezcla de maíz con agua; la palabra “champurrar” es de origen español y significa “mezcla de licores”. Posiblemente los españoles así denominaron al atole de chocolate porque en él se mezclan ingredientes fascinantes.

La alucinante imagen espigada de la abuela en su recinto de cocina preparando sus viandas sigue en mi memoria. Elegía con sumo cuidado sus ingredientes un litro de leche, una y media tablilla de chocolate, una porción de masa, una varita de canela y dos conos de piloncillo.

Foto: Juan Carlos Núñez Bustillos.

El ritual de preparación daba inicio desde que ella diluía con sus dedos la masa en agua tibia, de manera lenta sus manos desvanecían la masa blanca hasta convertirla una sustancia blanquecina sin grumos. En tanto, ya había sentado al fogón su pocillo blanco favorito con la leche y la canela.  Guardaba sus porciones de chocolate en bolsitas de plástico transparente perfectamente molidas en metate. Cuando la leche anunciaba ebullición vertía la porción de chocolate.

Parecía que paseaba la cuchara en círculos concéntricos adentro de la olla, después agregaba el caldo de masa, en ese vaivén de anillos perfectamente delineados ella nos ilustraba en el tema, “solamente se debe girar para un solo lado, ese, es el gran secreto” decía aquella mujer hermosa.

Para ese momento bajaba la intensidad del fuego. Sus manos siempre pulcras cogían los dos conos de piloncillo para depositarlo en la mezcla oscura que seguía bailando en eternas coronas que se hundían hasta la base del pocillo.  En seguida, la textura de aquella combinación se había transformado en una sustancia espesamente líquida, de ahí se desprendía un aroma a canela y cacao. No sé, si  la conjunción del fuego y la olla, o la paciencia de mi Abue para seguir con esa de danza de rotaciones hacían cambiar la sustancia en algo exquisito y maravilloso que no he podido olvidar llamado champurrado.

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