Primer plato

Burritos de colorado en la misa del Papa

La eucaristía que ofició Francisco en Ciudad Juárez fue también un inmenso mercado en el que se podía conseguir desde agua bendita hasta los famosos burritos norteños

Marisa Núñez / Ciudad Juárez

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Fotografía: Marisa Núñez

La voz del Papa, pausada y cálida, resonaba en el desierto de Ciudad Juárez. Mientras el pontífice elevaba sus más solemnes oraciones, los vendedores de comida gritaban a todo pulmón: “Buurriiitoooos, hay burritos de colorado, de rajas”, “Helados, helados”. Cientos de vendedores ofrecían a gritos en el histórico parque de El Chamizal sus preparaciones culinarias o recuerdos: “Medaallaaas, lleve la medalla del Paapaaa”.

Para muchos comerciantes establecidos, la visita del Papa a Ciudad Juárez, Chihuahua, representó pérdidas a sus negocios porque tuvieron que cerrar por un día. Sin embargo, para el comercio informal significó la oportunidad de aprovechar la llegada del miles de peregrinos de ambos lados de la frontera para ganar unos cuantos pesos o dólares extras al vender sus productos.

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Fotografía: Marisa Núñez

Había de todo: agua, comida, cuadros, medallas, rosarios, estampitas, camisetas, gorras, bufandas, pulseras, bandas, bandera, tazas, discos con la “música oficial”, fotografías, carteles, flores blancas, globos, pañuelos y pañoletas y hasta cigarrillos sueltos. “Lleve su cigarro para los nervios, pa’ que agarre un buen lugar” anunciaba un vendedor quien además encendía el cigarro al cliente como una cortesía.

Algunos vendedores apartaron alguna esquina desde dos días antes para instalarse con sus productos, otros sacaron su mesita o simplemente una hielera para vender burritos o agua y otros más, caminaban deambulando por donde se pudiera pasar para ofrecer sus mercancías.

Los productos, como es costumbre en estos casos, se ofrecían a más del triple de lo que hubieran costado en cualquier otra circunstancia. Un rollo de papel higiénico suelto costaba diez pesos, lo mismo que un refresco. Un botecito con agua bendita, “bendecida directamente por El Papa,” costaba 60 pesos, aunque si se compraba en el puesto de los productos oficiales entonces se conseguía en 65 pesos.

Tan pronto cruzamos el puente y al llegar al lado mexicano los olores a comida comenzaron a sentirse y el antojo de comer cosas que no siempre se pueden comer de este lado, en El Paso, apareció como por arte de magia.

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Fotografía: Marisa Núñez

Lo que más se ofrecía eran obviamente los burritos, comida oficial de Ciudad Juárez. Los burritos son fáciles de hacer y basta una hielera al hombro para venderlos. Yo compré unas papitas fritas con limón y chile a pesar de que sabía que los 25 pesos por un vaso mediano parecía ser un abuso si lo comparaba con el puesto que se asomaba por detrás ofreciendo un plato de menudo al estilo norteño (más granos de maíz que carne) por$30 pesos.

La oferta de alimentos seguía apareciendo a nuestro paso: tamales, burguers con queso o sin (no pude encontrar un letrero que dijera hamburguesas) preparadas en pequeños asadores de carbón caseros; dulces, semillas y cacahuates en todas sus presentaciones: japoneses, enchilados, salados, garapiñados.  Además se vendían pizzas, helados, aguas frescas, sodas como le llaman aquí a los refrescos enlatados o embotellados, aunque en este caso los vendían en bolsitas pues supuestamente estaba prohibido pasar los puntos de seguridad con las botellas o latas.  Había fruta picada, pastelitos, galletas y café.  Los que brillaron por su ausencia fueron los tacos a pesar de que había muchísimos extranjeros y de ser la comida mexicana más conocida en el mundo.

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Fotografía: Marisa Núñez

Los vendedores estaban cansados de estar desde hasta dos días antes y casi sin dormir en las calles con tal de hacer su agosto en febrero ya  los compradores asoleados se les veía con hambre, sed y ganas de llevar algún recuerdo de este histórico evento. Todo era vendible y todo era comprable. Las casas cercanas rentaban su baño por 10 pesos con cuadritos de papel de baño incluido y 5 pesos sin papel.

Lo que sí permitían pasar por los puntos de seguridad eran sándwiches, tortas y refrigerios traídos desde casa. Vimos muchos “picnics” improvisados y mucha gente llevaba sándwiches de más para compartir con los vecinos y compañeros de espera, quienes terminan siendo tus mejores amigos por un día. A mí me ofrecieron muchas veces sándwiches y a decir verdad algunos se veían mucho mejores de los que yo llevaba.

La ciudad que no hace mucho ocupó el primer lugar en la lista de las ciudades más peligrosas del mundo, hoy era la más segura. Cientos de policías estatales, municipales y federales custodiaban el lugar desde días antes. Hoy estaban muchos de ellos parados al filo de la valla, en las entradas y por las calles manteniendo el orden y a la gente a raya. De vez en cuando les llevaban botellas de agua para mitigar el sol y el calor. La gente les ofrecía sándwiches, fruta o cualquier cosa de comer, pero ellos siguiendo los protocolos de su trabajo no aceptaban ni un chicle. Una mujer policía me dijo: “Gracias, se me antoja un montón, se ve bueno, pero pues ya ve, no podemos aceptar nada de la gente y ya hace hambre”. En sus tiempos de descanso, se les veía comprando burritos, aguas frescas y algún recuerdito también.

En plena misa los protocolos de seguridad se rompieron, mucha gente y algunos vendedores lograron entrar a una parte de la zona en la que supuestamente se necesitaba boleto para estar. La voz de los vendedores competía con la del Papa: “Buurriiitoooos, hay burritos de colorado…”.

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