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Detective que oye boleros y come fritangas

El protagonista de esta novela, escrita por Pancho Madrigal, es un aficionado a la música tradicional y a la comida callejera

Juan Carlos Núñez Bustillos

Juan Sánchez trabajaba en una imprenta de barrio, pero desde niño soñó con ser detective. Un día tomó la decisión. Se compró una gabardina que le quedó grande, se puso por nombre Sherlock Bond y salió a resolver casos en Ciudad Guzmán y Guadalajara. Lo que no dejó de hacer fue escuchar boleros y disfrutar de la comida callejera.

Pancho Madrigal (Guadalajara, 1945) publicó a finales del año pasado su primera novela: Detective que oye boleros. Artista plástico, cantautor y cuentista, el autor nos relata con su fino sentido del humor y un ingenioso uso del lenguaje, las peripecias de este hombre que abandona el pequeño taller para intentar convertirse en un investigador privado.

Sherlock Bond tiene cuatro grandes aficiones: leer novelas, ver películas mexicanas de los años 40 y 50, disfrutar de la comida que se ofrece en puestos callejeros, fondas y mercados; y escuchar música: “Temas interpretados por los cantantes más representativos del bolero mexicano y cubano (solo los auténticos, nada de modernos)”. Tiene un pequeño aparato portátil en el que almacena más de mil piezas que escucha en todo momento.

Pancho Madrigal. Foto: JC Núñez B.

Así, mientras realiza sus pesquisas, escuchamos con el investigador algunas frases emblemáticas de los boleros y sus intérpretes. “El mar y el cielo se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen…”; “noche tibia y callada de Veracruz…”; “Cuando aparezcan los hilos de plata en tu juventud”; “Dios dice que la gloria está en el cielo, que es de los mortales el consuelo al morir…”.

Son los boleros su compañía y también el gato de uno vecinos que se cuela al “cubículo que eufemísticamente llamo ‘mi departamento’ en el barrio de Santa Teresita”. Bond bautizó al felino como Raimundo. Es “de espíritu romántico” y no muy buen carácter. Con él escucha música y es al indiferente animal a quien el detective en ciernes cuenta de sus penurias y sus gozos; su amor secreto por una mujer que trabaja en una zapatería y a la que ve sólo de lejos.

Dos misteriosos personajes que se hacen llamar Pedro Infante y Jorge Negrete, siguen y contactan permanentemente al detective para proponerle una misión muy secreta y especial. El despistado Sherlock Bond, despistado, olvida los pseudónimos de los sigilosos enviados y los llama indistintamente Miguel Aceves Mejía, Vicente Fernández, Javier Solís o Antonio Aguilar.

Solitario, Sherlock Bond es un experto en la comida tradicional de Jalisco. Así, mientras seguimos al detective en sus investigaciones y aventuras vamos saboreando junto con él algunos de los platillos más emblemáticos de la cocina regional.

Foto: Juan Carlos Núñez B.

Tacos tuxpeños, pozole, tostadas de pata, tacos de cabeza, tamales, carnitas, menudo, chiles rellenos, tortitas de camarón con nopales, chamorro, tortas ahogadas, carne en su jugo, frijoles charros, espinazo con verdolagas, flautitas, tortitas de chinchayote, charales, caldo michi, enfrijoladas, sopes, enchiladas, chilaquiles, albóndigas en salsa de chipotle, birria y sopa de médula; son algunas de las delicias que disfruta este peculiar detective de sobrenombre anglosajón y gustos muy jaliscienses.

De hecho, Pancho Madrigal titula los 32 pequeños capítulos que conforman la novela con nombres de los platillos que va comiendo su personaje. Desde las chuletas ahumadas, dos platos de cocido o un delicioso mole poblano con arroz rojo cuando tiene suerte, hasta un bolillo con queso y agua o una lata de atún cuando no la hay. Porque a Sherlock Bon a cada rato la suerte se le pone de lado.

Editado por Arlequín, “Detective que oye boleros” es un libro divertido y entrañable que nos evoca la música tradicional, que pinta la riqueza gastronómica de la región, que demuestra que no nomás París o a Londres hay misterios que resolver, ni que hay que ir a la Quinta Avenida para ser testigos de la acción, pues en López Cotilla o Pedro Buzeta también pasan cosas y que en Guadalajara hay, como no, investigadores privados que alzan la ceja para decir: “¡diablos!… porque ésa es una expresión que usamos los detectives con harta frecuencia”.

 

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