Primer plato

Las pócimas de la cocina

“Mi abuela se dio prisa en prepararme una buena pócima… decía que todo brebaje curativo debía tener los 4 elementos de la tierra”

Beatriz Rosette Ramírez

La alquimia de mi abuela no solamente se centraba en la comida. Ella era mágica.  Recuerdo de manera muy presente que en una de las visitas que hacíamos mi hermana y yo, a la Ciudad de México, llevaba una tos espantosa.

Mi adorada acompañante y compañera de juegos me decía que “tosía como perro”

, desde que salimos de nuestra hermosa Guadalajara  abordo de los desaparecidos autobuses Tres Estrellas de Oro.

 Al escuchar la congestión respiratoria que me aquejaba, mi abuela se dio prisa en prepararme una buena pócima. Para los conceptos de mi querida matriarca, equivalía a un brebaje mágico y sanador; así de simple.

En su cocina, recinto de sabores y fiel testigo de las maravillas que hacía doña María, observaba cómo buscaba presurosa en sus especias una bolsita de condimentos, una “maderita” que hoy sé que se llama jengibre. Preparó entonces un pocillo blanco, que era de sus preferidos, pues “en ése el agua hierve muy rápido”.

Fotografía: pixabay.com

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A fuego lento, como lo determina un corazón amoroso, dejó que aquello fuera hirviendo. Pasado un rato dejó caer un pedacito de aquel “palito”, mismo que conservó entre sus manos mientras oraba, supongo yo, porque susurraba algo. La pasaba por  la cabeza, el corazón, como si con él se santiguara.

Cuando el agua y el jengibre burbujeaban, vertió una de porción agua fría, y lo tapó con un plato de peltre. Cumplió cabalmente con el requisito de una verdadera infusión. Para enfriar aquella pócima usó un juego de llenar y vaciar en dos jarros. Ella decía que todo brebaje curativo debía tener los cuatro elementos de la madre tierra. El aire, que era de esa manera; el fuego con el que se cocina; agua que era el vehículo del cocimiento, y la tierra, que era justamente esta raíz.

Mi querida curandera me prescribió ese té,  endulzado con una miel oscura (miel de agave). Que lo tomara un tanto caliente para que le diera calor al pecho, añadió mi viejita, por cuatro noches consecutivas. Y así fue: adiós a la tos de perro.

Hoy sé que el jengibre es un regalo de nuestros ancestros utilizado en el oriente desde hace muchos años, y tiene múltiples usos.  Se emplea como condimento en nuestra cocina por su aroma y sabor picante, pero también  tiene grandes propiedades en la terapéutica medicinal, encabezando la lista de los remedios caseros más usados en la historia.

Se le atribuyen propiedades en el manejo de afecciones gastrointestinales, respiratorias, inflamatorias, así como cualidades afrodisiacas, incluso tópicamente se aplican cataplasmas y ungüentos  en los casos de menstruación difícil y cefalea, y por su acción estimulante contribuye en el dolor de muelas, induraciones, tumores, reumatismo, ulceras y cáncer. Se sabe que un estudio de la Universidad Estatal de Georgia comprobó que ésta noble raíz combate el cáncer.

Estos “palitos”, como los llamaba mi abuela, se encuentran llenos de nutrientes esenciales y compuestos antioxidantes, además de un delicioso sabor y aroma. No estaba errada mi viejita al vincular lo mágico y saludable con las propiedades de la madre tierra.

Si estuviera aquí sé que ella también diría: “un té caliente de jengibre reconforta el corazón y anima el alma”.

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