Letras humeantes

Letras humeantes 5

Minicuentos de las cafeterías

Elba Castro

café lh jcnLegó a su silla, como quien avienta consigo un saco pesado, un morral desgastado, tedioso.

Se vio rodeada de su enorme cuerpo. Cargaba el desprecio que sus hijos hacían de sus comidas, los consejos que tragaba de sus amigas sin pedírselos, los gestos que ella misma se dejaba como cataplasma en algún lugar de su cuerpo cada mañana. Los silencios en los ojos de su esposo y uno que otro rencor que alguien le aventaba desde alguna ventana.

Miró su estatua. Tenía aún los pies mal acomodados… como para saltar y salir de prisa antes de tomarse un café. Su mano empuñaba el tirante del bolso, la sorprendió lo acostumbrado que tenía los ademanes para posponer cualquier disfrute… también la sorprendió la decadencia de su bolso y las uñas descarapeladas, sin color ya y sin brillo.

A pesar de todo no se sintió extraña en medio de las demás mujeres que tomaban ya su café. Tal vez por eso también se sintió invisible. Quiso no pasar indiferente de sí. Siguió contemplándose mientras se acomodaba…

Pidió el café más sobrio y más caliente. Le vendría bien reconocer un carácter fuerte, el paladar más amargo y un abrazo reconfortante por dentro.

Esa mañana leyó su cuerpo detenidamente, como quien busca su columnista favorito en el periódico y las notas que a uno lo hacen entrar al día…

Bebió despacio. Dobló sus pensamientos. Pidió la cuenta y dejó una propina generosa. Se acomodó el pelo y clavó los ojos en el horizonte.

El día era una vida que apenas comenzaba.

También podría gustarle

No hay comentarios

Dejar una respuesta