Una pizca de azafrán

Pero… ¡Qué ricos nopales!

Desde hace más de 32 años, doña Sarita Ramos vende, junto al templo de la Santa Cruz, verduras recién cosechadas y productos de maíz preparados por ella

Yolanda Zamora

Es una delicia ver y saludar a doña Sarita, cada día, en su puesto instalado en la esquina de la calle Manuel Acuña, en la entrada de una conocida y tradicional tienda de abarrotes de la colonia Ladrón de Guevara, a una cuadra del templo de la Santa Cruz.

 

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Foto: Yolanda Zamora

Ella llega muy temprano, llueve o truene (excepto los jueves que es su día de descanso). Viene de San Juan de Ocotán, diariamente, desde hace treinta y dos años, con su carga de verduras frescas y recién cosechadas y con sus productos de maíz preparados por ella, y coloca su silla de palo y su mesita de madera sobre la que acomoda un par de mantelitos individuales de cuadrillé, muy limpios y bordados en punto de cruz y apila sus chayotitos redondos y amarillos; también trae chayote del grande, verde, espinoso recién cortado, elotes tiernos, papas grandes y apetitosas, pencas de nopal limpiecitas de un verde tierno y seductor, calabacitas inocentes, masa de buen maíz para hacer ricas tortillas y claro, maíz morado del pozolero que ella misma prepara con cal para que sus clientes disfruten de un rico pozole, rojo o blanco, con su buen espinazo, sus patitas muy bien cocidas, un buen trozo de pierna y demás suculencias de la gastronomía jalisciense.

Lo primero que nos recibe al llegar en busca de doña Sarita, es su amplia sonrisa, franca, amable, sencilla y dispuesta a atendernos con gran generosidad.

Conversar con ella es un placer.

Nos cuenta que su nombre completo es María Sara Ramos Hernández, y que ella es viuda de don Roberto Jiménez con quien tuvo seis hijos. La vida no ha sido fácil, pero ella es feliz, y ahora goza de sus nietos y bisnietos, señal de que ha sido un buen árbol que ha dado fruto, goza de excelente salud, y se siente muy motivada por su trabajo que llega hasta el corazón, y el estómago de sus clientes.

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Foto: Yolanda Zamora.

Nos comparte que tuvo una infancia difícil, que por ello no pudo ir a la escuela y en consecuencia no aprendió a leer ni a escribir. Sin embargo, nos cuenta que muy niña, ella corría en busca de su abuela, quien vendía nopalitos, y así fue aprendiendo, de ella, a entender y agradecer a las plantas y a las verduras, su bondad natural. Aprendió cómo prepararlas y ofrecerlas a la venta. ¡Ah!, porque ella no sólo nos vende sus productos, sino que, si usted se lo pide, generosamente, comparte su sabiduría en relación con la preparación:

-El chinchayote es muy rico –nos dice- usted lo lava muy bien, luego lo pone a cocer. Ya bien cocidito lo rebana y le puede poner una rebanadita de queso y si quiere, capeadito con huevo.  ¡Sale rico!

-¿Y el maíz para el pozole, éste,  moradito que usted trae…?

-¡Ah, ese maíz es rete bueno, el pozole sale rico!  Y yo misma lo preparo con cal, como Dios manda, para que ya nada más lo pongan a cocer en casa, con su carne y todo lo que lleva el pozolito.

-Y, cuál es su platillo favorito, Sarita, ése que le sale muy bien…

-Pues todo lo que sea sencillo, así, de casa, como los chilaquiles, los nopalitos… todo eso, menos los mariscos, a mí no me gusta preparar mariscos.

Eso sí, hay que llegar temprano, porque a las diez once de la mañana ya se le acabó todo lo que trae para vender, y habrá que esperar hasta el día siguiente.

Les comparto que, en fecha reciente, acudí con doña Sarita a comprar verduras, y tuve una experiencia muy divertida. Resulta que, luego de escoger mis verduras, vi los nopales frescos, color esmeralda, limpiecitos y se me antojaron también, y le dije:

-Estos también me los llevo…

-¡Nooooo! –me contestó de inmediato-  esos ya están apartados.

-¡Cómo! –le dije, un tanto decepcionada, pero quería esos nopalitos.

-Mire -me dijo en tono de consejo-, si usted quiere que le traiga yo algo especial, pues me llama por teléfono un día antes y así se lo traigo y se lo aparto al día siguiente, y ya cuenta usted con eso, siempre cumplo.

-Bueno, ni modo –le dije- deme entonces su número de teléfono, de su casa…

-Tengo celular… me contestó.  Y yo saqué mi libretita para anotar el número.

-No, no apunte… ¡aquí tiene mi tarjeta! -y me extendió una linda y sencilla tarjetita, muy bien diseñada ilustrada con una apetitosa mazorca de dorado maíz, y su nombre y teléfono muy bien escrito: SARA RAMOS

Yo la miré sorprendida, era ella mejor marchanta que el más pintado tianguero de mis rumbos. Le di las gracias y me alejé sonriendo.

Admiré profundamente a esa señora hermosa, doña Sara Ramos, admiré su vitalidad, su alegría de vivir, su sonrisa y su voluntad de servir a los demás, su capacidad de darle la cara a su tiempo más allá de posibles limitaciones y, sobre todo, su habilidad para actualizarse a la luz de su momento, aprovechando los beneficios que ofrece la tecnología del siglo XXI en el que ella se mueve: “como romerito en mole”.

No cabe duda… existen tantas personas a quienes admirar en esta vida…

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