Una pizca de azafrán

¿Quién cocina mejor, los hombres o las mujeres?

Unas y otros cocinan delicias, pero la cultura adjudicó este rol a la mujer y las abuelas corrían de las cocinas a los nietos. Felizmente, esto va cambiando

Yolanda Zamora

Pancho Madrigal editada

Fotografía: Yolanda Zamora

De entrada es ésta una pregunta necia, pero bueno, de alguna manera había que empezar esta colaboración involucrando e invitando a nuestro lector a expresar un punto de vista y, ¡quién sabe!, capaz que por ahí salta algún gazapo sosteniendo que en la cocina es mejor una mujer que un hombre, o a la inversa. ¡Vaya usted a saber!

Lo cierto es que, para quienes cocinamos y lo hacemos con alegría, nos resulta evidente que, en tratándose de preparar exquisiteces, da lo mismo un género que el otro, eso es lo que menos importa, aunque la cultura occidental durante mucho tiempo adjudicó este rol a la mujer.

Afortunadamente las circunstancias han cambiado mucho, y ahora está de moda, para ambos sexos, la carrera de “chefs”.  Pero, no hace mucho tiempo me platicaba mi compañero Pancho Madrigal (quien dicho sea  de paso, es un magnífico preparador de chilaquiles tradicionales, caldo de pollo con sus verduritas a punto, champiñones a la Madrigal… entre otras suculencias),  que a él desde niño le llamaron la atención los menesteres de la cocina.

De hecho, una de sus tareas diarias era encender muy temprano el fogón. Y bueno, resulta que cuando la abuela empezaba a amasar en el metate, ras, ras, ras… moliendo el maíz para hacer sus tortillitas, sus hermanas se acercaban y tomaban su correspondiente bolita de masa, la palmeaban  sonoramente y la colocaban en el gran comal de la abuela. Y claro, él también avanzaba su mano hacia el metate, rasgando con las uñas, en busca de la olorosa masa de maíz. Pero, ¡plaf! la abuela le daba un manotazo en la mano y le decía: “¡Quítese de aquí, muchacho, esto es cosa de mujeres!”.

El hombre es hommo coquus por naturaleza. No en balde Faustino Cordón dice que “Cocinar hizo al hombre”, y ahora sí, subrayo con toda maña: ¡al hombre! y no a la mujer. Esto no resulta difícil de entender si pensamos en que los trabajos de la cocina requerían, antes que nada, de fuerza física. El hombre fue siempre cazador, pero no sólo cazaba a su presa y la despellejaba hábilmente, también procedía a destazarla, a agregarle sal en la justa medida para conservarla, a repartirla entre los miembros de la tribu y a realizar todos esos quehaceres derivados de la alimentación.

¿En qué momento se cambiaron los papeles? Valdría la pena investigarlo. Afortunadamente y vale la pena acotarlo, en la actualidad muchos de los mejores chefs del mundo son hombres (mención aparte merece Babette, en la famosa cinta “El festín de Babette”, película que si no la ha visto usted, corra a buscarla y no se la pierda).

Y, ¿qué es lo que hace que un hombre, o una mujer, decidan cocinar  y disfrutarlo?  ¡el gusto por la comida, por supuesto!  Uno puede imaginar los más suculentos platillos, y ya antojados por la imaginación, si no los hay en el panorama, no queda otro remedio que… ¡cocinarlos!

En gustos se rompen géneros. Tal vez haya aún hombres que consideren que cocinar puede ser un atentado a su hombría (¡vaya absurdo, habrase visto!)  Pero afortunadamente los hay también quienes, con el mayor orgullo del mundo le anuncian a su pareja: “Hoy conciné unos deliciosos langostinos para ti”.

Y hasta aquí les dejo mi sección. Me llega un delicioso aroma a machaca sinaloense que, seguramente, Pancho está cocinando para nuestros santos alimentos de hoy. ¿Gustan?

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