Recetario

Torrejas de la abuela Zita

La nostalgia se come, nos recuerda Diana Martínez, luego de disfrutar en España las torrejas que en México hacía su abuela

Diana Martínez / París

Foto: Juan Carlos Núñez B.

Lejos del original sentido de sacrificio y penitencia, la cuaresma era para los chiquillos de la familia una época en la que uno podía probar postres que no comía el resto del año. Así, religiosamente aparecían todos los viernes en la cocina de la abuela Zita cazuelas con capirotada y torrejas escurriendo dulce de piloncillo, para deleite de los golosos.

Hace un par de años, visitando los Corrales de Buelna —un pueblito de Cantabria, en el norte de España— una tía abuela de mi esposo nos ofreció un postre típico de la región: torrejas. Esto también se comía en mi casa, le dije contenta a Amparo, al tiempo que el olor a canela y pan frito me transportaba a la cocina de mi abuela. Para sacarme la espinita le pedí que me dijera cuál era su receta.

Nada más simple, dijo. Sólo se requiere una barra de pan duro, huevos, leche, aceite, azúcar y canela. Primero se calienta a fuego medio la leche con azúcar y canela; mientras tanto, se corta el pan en rebanadas; luego, éstas se remojan en la leche caliente; después, se reboza el pan en el huevo; se calienta el aceite en la sartén y allí se fríen las torrejas. Se dejan enfriar y luego se les agrega la miel.

Mientras Amparo explicaba, mordida a mordida íbamos vaciando la charola de torrejas, yo recordaba la leyenda familiar que decía que mis bisabuelos emigraron a inicios del siglo pasado al norte de México; pensaba que entre tanto viaje de ida y vuelta, quizá la única herencia que conservamos son algunas recetas mestizas de cocina.

Rebozadas, capeadas o lampreadas, como se diga, Amparo y mi abuela Zita preparaban las torrejas de manera similar, con una pequeña variación en la miel, mi abuela usaba piloncillo (imagino una adaptación local), hervía en una olla agua, canela y piloncillo hasta que la mezcla se volvía espesa, mientras que Amparo prepara el almíbar hirviendo agua, canela y azúcar (y a veces un poco de anís).

Cierto, nada más simple que las torrejas. Aunque también tienen sus trucos: las rebanadas deben ser lo suficientemente gruesas para que el pan no se deshaga al pasarlo por el huevo y a la hora de freírlas hay que tener cuidado para que queden bien doraditas (ni quemadas ni pálidas).

Tras empacharnos de torrejas volví a darle la razón a aquellos que dicen que la nostalgia se come.

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