Una pizca de azafrán

Festival de la pitaya en Sayula, Jalisco

“Y, de paso, de cómo mi hermana Patricia dio muestras de abusividad, devorando la canasta completa de pitayas que mi mamá trajo de las Nueve esquinas”

Yolanda Zamora

pitayas c71

Fotografía: Yolanda Zamora

La pitaya es una fruta exquisita, no sólo por su sabor tan peculiar, sino por sus formas, sus texturas, sus colores dignos de un cuadro surrealista; porque las hay rojas, solferinas, blancas, anaranjadas, amarillas, verdes…  es una delicia verlas acomodadas sobre una cama de alfalfa en grandes chiquigüites en los mercados, en las esquinas, o adornando el grito del marchante por las calles: ¡Haaaay pitayaaaaasss!!!

Precisamente por estas fechas, el barrio de las “Nueve esquinas”, en Guadalajara, se viste de alegría y de color, porque podemos disfrutar de la vista y el disfrute del pitayal, de todos tamaños y colores; así como de los guamúchiles en sus roscas de pulpa blanca ruborizada de rojo sabroso, y claro, de los deliciosos mangos barranqueños… ¡mientras no lleguen las tormentas y le pongan fin a la fruta de temporada!

En fecha reciente tuve la oportunidad de entrevistar en nuestro programa “A las nueve con usted” a doña Carmen González, quien vino a C7 para invitarnos a la “Fiesta de la Pitaya” en la Casa de los Patios en Sayula, Jalisco.

La fruta del pitayo se da con más fuerza en el sur de Jalisco”, –nos dijo– “especialmente por los rumbos de Amacueca y de Sayula. Queremos invitarlos a recorrer con nosotros la ruta de la pitaya, a cortarla, pelarla, y degustarla, y luego participar de la comida, con un menú hecho con base en la pitaya; mire usted  abriremos con un gazpacho, seguiremos con una ensalada de camarón con trocitos de pitaya, para luego ir al plato fuerte, pechuga de pollo en salsa de pitaya, y finalmente disfrutar de nieve de pitaya de postre, ¿qué les parece?”.

Los que estábamos en el estudio salivamos imaginando estos, sin duda, deliciosos platillos de nuestra gastronomía jalisciense.

Para todos los tapatíos que tengan deseos de asistir, la salida será el sábado 21 de mayo,  de Los Arcos, previa reservación al teléfono 36 15 57 79 en donde se les informará el costo del paquete completo, transporte, comida, viaje por la ruta de la pitaya.

 

La abusividad

PITAYAS c7

Fotografía: Yolanda Zamora

Cuando se fue doña Carmen, nos dejó de regalo una hermosa canasta de pitayas que, unos segundos después ya habían volado, entre todos los del equipo. No pude menos de recordar el episodio de mi infancia, precisamente un mes de mayo, cuando mi hermana menor, Patricia, a quien le ‘envenenan’  las pitayas, dio muestras de abusividad total, en tratándose de pitayas.

Resulta que mi madre llegó del barrio de las “Nueve esquinas”, cargando su canasta de mimbre con cuando menos dos docenas de pitayas, para toda la familia. Apenas las vio mi hermana, se le iluminaron los ojitos, ¡Qué agasajo se iba a dar! Mi madre, adivinando las intenciones de mi hermana le dijo: “Conste que son para todos, ¿eh?, y se las voy a repartir hasta después de comer”.

Luego, colocó la canasta con las pitayas dentro de la alacena y, como el calor arreciaba, pensó en que su árbol favorito de jacarandas, que tapizaba la banqueta de flores lilas, necesitaría agua, y salió a regarlo.

Paty se quedó pensativa, hizo cuentas mentalmente: “Somos cuatro hermanos, más mi papá y mi mamá, y luego la nana, y mi abuelita que está de visita, ¡ah, y la tía! … mmm, ¡me van a tocar muy poquitas!” Y, sin pensarlo dos veces, acercó una silla del comedor a la alacena, se encaramó y con muchos trabajos bajó la canasta de pitayas y se fue a sentar al patio, en el primer peldaño de la escalera de cemento que da a la azotea y… ¡a la come y come!

Cuando regresó mi mamá, media hora después, me preguntó: “Y, ¿dónde está tu hermana?”  Yo alcé los hombros, y dije:” ¡Sabe!”.  Y mi madre, empezó a buscarla en la cocina. Pronto se dio cuenta de que no estaba la canasta de pitayas: “¡Patriciaaaaa!  ¿En dónde andas? ¡ven acá!” , gritó.

En ese momento entró mi hermana muy asustada, abriendo tamaños ojotes, con las manitas en la espalda… y dijo inocentemente: “Aquí estoy mami, estaba jugando en el patio”.  Mi madre le preguntó con un tono amenazante y ya enojada: “¿Te comiste las  pitayas?” “No, mami, no…”. Contestó haciéndose la inocente. Entonces, mi madre la cargó con energía y la condujo frente a la luna del espejo. La chiquilla se miró y se encontró con su carita sorprendida, de cachetes decorados con… ¡todos los maravillosos colores de las pitayas!

Yo creí que mi mamá le iba a dar sus buenas nalgadas, pero en cambio, inesperadamente, también soltó la carcajada, y ahí paró la cosa.

Un montón de cáscaras de pitayas se esparcían por el suelo junto a la escalera de caracol. Y en la canasta sólo sobrevivieron a la voracidad de mi hermana, ¡unas cuantas pitayitas!

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2 Comentarios

  • Responder
    Patricia Z Strunk
    18 mayo, 2016 en 4:44 pm

    Pues alguien pensara que la Lic Yolanda tiene una gran imaginación,jajaja a lo que tiene es una muy buena memoria!
    Yo soy la Patricia del cuento! y ahhh como me gustan las pitayas y ahora sufro de verlas solamente en fotographia pero ya ire a Mexico y tal vez si van a las nueve esquinas ya ni encuentren Piyatas por ahi…por que Patricia se las comio!!!
    Gracias hermana por redordarme mis aventuras! Y la mas que sonrisa de mi madre…dire carcajadas pues!!!

    • Responder
      Juan Carlos Núñez Bustillos
      18 mayo, 2016 en 11:17 pm

      Hola, Patricia. ¡Qué sorpresa! Muchas gracias por tu mensaje. ¡Qué envidia! Muchos nos quedamos con las ganas de haber sido tú en este episodio. Saludos cordiales

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