Primer plato

A saludar a la Virgen, buscar una sonrisa y comer buñuelos

Cada año, Emmanuel Torres viene a visitar a la Guadalupana y disfrutar los buñuelos que una familia prepara desde hace un siglo

Juan Carlos Núñez Bustillos

Emmanuel y doña Silvia. Foto: JCN

Cada 12 de diciembre, Emmanuel Torres García viaja de Puerto Vallarta a Guadalajara para visitar a la Virgen de Guadalupe, en su Santuario, y para comer buñuelos en uno de los puestos que lleva más de cien años ofreciendo estas delicias en el tradicional barrio tapatío.

La primera vez, Emmanuel vino a pedir por la salud de su madre que estaba enferma de cáncer de estómago. “Mi mamá ya estaba muy mal y yo le pedía a la Virgen que no fuera un deceso muy doloroso, que no se fuera afligida”.

Apesadumbrado por el mal de su mamá, Emmanuel recorrió las calles aledañas al Santuario. “De pronto vi a una señora encantadora, ya muy mayor, que me llamaba con la mano y con una sonrisa muy especial a comer un buñuelo. Me acerqué. Estaba riquísimo y la señora es un amor”.

La miel para los buñuelos. Foto: JC Núñez.

Se refiere a María del Refugio Jacobo una de las mujeres que vende buñuelos en el jardín del Santuario de Guadalupe. Tiene 90 años.

Con las obras del tren ligero, cambiaron de lugar los puestos. Emmanuel no encontraba ayer el de doña Refugio. “Anduve preguntando hasta que un señor que vende cañas me dijo dónde estaba. Es que desde hace seis años que vengo a saludar a la imagen de la Virgen, también vengo a estos buñuelos que son los mejores”.

Ayer quien le sirvió un jarro de atole blanco bien caliente y el buñuelo cubierto de miel de piloncillo y frutas, fue doña Silvia Nilo, hija de doña Refugio. Su mamá todavía no llegaba. “Llevamos toda la vida aquí. La que empezó fue mi abuela Isidra Jacobo. Si contamos desde que mi abuela empezó son más de cien años. En aquella época, el Santuario era la orilla de Guadalajara, estaba empedrado, la gente adornaba las casas con faroles, era más bonito”.

Una tradición

Foto: Juan Carlos Núñez B.

La madre de Emmanuel falleció tranquila, como él había pedido. “Unos días antes de morir me dijo: ‘Hijo, ya mero me voy a ir. Ya vino por mí la Virgen’, y se fue muy tranquila. Por eso le doy gracias a ella”.

-¿Siguió usted viniendo cada año?

-Sí, a darle gracias por la vida de mi madre.

Emmanuel lleva un minúsculo tatuaje junto al ojo. Es una cruz “el recuerdo de mi mamá” y otro, más grande, en el brazo. Es también otra cruz con un Rosario. “Este también me trae el recuerdo de ella porque siempre traía su Rosario”.

Alrededor de los fogones de carbón que mantienen caliente la olla de atole blanco y la de la miel, se arremolina la gente que acaba de visitar a la “Morenita”. Llegan familias. Ocupan las bancas. Los niños vestidos de “Juandieguitos” con trajes de manta y bigotes pintados. Las niñas: de trenzas, amplias faldas y blusas floreadas.

Foto: Juan Carlos Núñez B.

Doña Silvia apenas se da abasto. Quiebra hábilmente los ligeros buñuelos para acomodarlos en un plato hondo. Luego los cubre con la miel perfumada con manzanas, guayabas, tejocotes y canela. Los comensales disfrutan el calor del carbón encendido y tejen la conversación, como si fueran viejos conocidos, sobre ese tradicional antojo, sobre el barrio y sobre la Virgen de Guadalupe.

Emmanuel insiste: “Si vieras la sonrisa de la señora, es un amor. Por eso me gusta venir aquí, por los buñuelos y por la señora”. En eso está cuando doña Refugio llega a su puesto. La llevan en una silla de ruedas. Saluda a la gente con su sonrisa cargada de años.

“Es lo que te decía”, comenta satisfecho Emmanuel, que apura el último trago de atole para dejar su lugar en la banca común a una familia que llega con el antojo de saborear esas delicias.

El año que viene, “si Dios nos da licencia”, Emmanuel vendrá de nuevo. A dar gracias a la Virgen, a buscar la sonrisa de doña Refugio y a comer buñuelos alrededor del fogón.

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