Una pizca de azafrán

La cuaresma en dos bolsas de ixtle

Iniciando la cuaresma, mientras jugábamos bajo una jacaranda en la Colonia Moderna, se aparecía mi abuela cargada de delicias

Yolanda Zamora

corico jcnb

Fotografía: Juan Carlos Núñez Bustillos

La época de cuaresma siempre me resulta muy evocadora porque llega vestida de recuerdos maravillosos de una infancia en familia, con sus ritos de temporada, sus personajes peculiares y tantos recuerdos que se niegan a irse al olvido. Parecería que cada vez las evocaciones son más vívidas, y a veces sospecho que crecen recreadas con la distancia y el poder de la imaginación. Ya no sabe una si lo que recuerda realmente lo vivió así, o se han ido coloreando las memorias con la añoranza. Sobre todo si estos recuerdos están impregnados de deliciosos sabores, aromas, colores y texturas.

La cuaresma solía ser la temporada en la que llegaba a casa mi abuela materna, generalmente venía de la costa sinaloense. En realidad, desde donde se encontrara (porque era una abuela itinerante, siempre visitaba a los hijos que vivían por muy diversos rumbos, según quien más la necesitara), tomaba un autobús y llegaba a nuestra casa en Guadalajara a visitarnos.

Así, un día cualquiera iniciando la cuaresma, mientras jugábamos bajo la jacaranda de una de las banquetas de la Colonia Moderna, se aparecía mi abuela.

De pronto veíamos detenerse un taxi amarillo frente a la casa, abrirse la portezuela, y asomar la gran sonrisa de la abuela María, señora grande y muy blanca, y a decir de mi padre: “La mujer más buena del mundo”, quien con dificultad y como podía por su gran peso, salía del auto sin soltar sus dos gigantescas y mágicas bolsas de ixtle de brillantes colores contrastados: rosa mexicano con amarillo, verdes y azules intensos, morados y naranjas vibrantes, y su sonrisa de luna feliz.

La chiquillada corríamos a recibirla y, no bien se había bajado del taxi, la rodeábamos hasta casi hacerla caer. Ella, después de abrazarnos, sin soltar sus bolsas desde luego, caminaba como podía en medio de nosotros, entraba por la puerta principal de la casa (siempre abierta en ese entonces, eran otros tiempos), se iba directo a la cocina, y colocaba sus bolsas sobre la mesa, emitiendo un largo suspiro de alivio: ¡Uffff!

camarón seco

Fotografía: Juan Carlos Núñez Bustillos

Y empezaban a saltar los prodigios de todo tipo, porque las bolsas de mi abuela contenían las más inesperadas sorpresas. Por supuesto y principalmente, viandas y suculentos manjares no sólo preparados por ella, sino ricuras que iba comprando en cada parada del autobús (que antes eran frecuentes):  Ciruelas secas que habríamos de disfrutar chupándole el jugo hasta que se nos escaldaban los labios; polvillo de camarón para las tortitas de temporada, con romeritos o nopales, y para mezclar con la masa de los tamales cuaresmeños; manteca de res para los bocoles y las gorditas a comal;  bacalao seco y salado  listo para prepararlo a  la vizcaína, según receta cuidadosamente guardada en  la familia (y no sin antes desalarlo tres o cuatro veces, tirándole el agua, como Dios manda); camarón oreado, para la botana del mediodía; coyotas con piloncillo; machaca de venado (ella, mi abuela, se encargaría de hacer las respectivas tortillas de harina, estirando la masa sobre sus anchas y fuertes rodillas); semillas de cebada para el agua fresca del Viernes de Dolores, no fuera que nos preguntaran ¿ya lloró la Virgen?, y no tuviésemos ni con qué responder; “pajaritos” que eran pescaditos dorados como charales; platanillos deshidratados para cenar con un vaso de leche; un buen trozo de Marlin, para guisarlo con jitomate, cebolla y chile verde; quelites, ¡Ah, qué rico preparaba los quelites!, tamales barbones de Escuinapa;  Coricos sinaloenses de maíz…

De la segunda bolsa de ixtle sacaba huarachitos costeños con figuras de palmeras, y los repartía entre los nietos, muñecas de trapo rudimentariamente confeccionadas, mandiles de cuadritos, ruidosas maracas de madera;  gallitos de dulce; y bueno… ¡hasta un perico trajo un día, y se lo regaló a la Nana Carmen!

Así era mi abuela.

Ella se instalaba en nuestro cuarto, le prestábamos una cama, y mi hermana dormía conmigo. Nos contaba el cuento aquel, de nunca acabar, haciendo gestos y caras exageradas: “Este era un gato, con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?…” y escuchándola nos quedábamos dormidas, soñando con las suculencias que habría de prepararnos en el desayuno del día siguiente: “Atolito blanco con piloncillo, mmm… bollitos, mitotes… quequis… ¡capaz que hasta me dejan tomar café!”.

Y cuando bien entrada ya la noche toda la casa estaba en silencio, mi abuela María cantaba despacito, con voz de plata, aguda y perfectamente entonada: “Paloma blanca, blanca paloma, ¿quién tuviera tus alas, tus alas quién tuviera? / para volar, volar donde están mis amores, mis amores dónde están…”

Yo la escuchaba como en sueños, y pensaba:

“El mundo entero duerme tranquilo escuchando cantar a mi abuela María. Entonces, sin duda, todo, todo está muy bien”.

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