Primer plato

Las abejas viajeras

Felipe recorre con sus insectos diversas regiones para buscar los néctares de las flores silvestres que están cada vez más amenazadas

Juan Carlos Núñez Bustillos

Foto: Juan Carlos Núñez Bustillos

La floración de las plantas silvestres a lo largo del año marca el itinerario de apicultores y sus abejas que viajan por diversas regiones en búsqueda del néctar que será miel. Especímenes de las más diversas características que para muchos son simplemente hierbas sin valor o que incluso son consideradas “maleza”, constituyen la materia prima básica para la producción de miel.

Felipe de Jesús Vázquez es un apicultor de San Francisco de Asís, municipio de Atotonilco el Alto, Jalisco. Cómo muchos de sus compañeros, conoce bien las plantas silvestres y sus ciclos de vida. Sabe con precisión cuando florecen las plantas de las mesetas y cuándo la de los manglares. Y viaja con sus abejas por los ecosistemas más variados para obtener mieles diversas y puras.

Cada miel es diferente. Varía su sabor, su color y su consistencia dependiendo de la planta de la que se obtienen, de la época del año, del clima… Son muchos los factores que dan las características a la miel”, explica.

Felipe de Jesús. Foto: J.C. Núñez

Donde otros ven “maleza”, Felipe encuentra la generosidad de la naturaleza que ofrece flores, aromas y néctares. Las hierbitas aparentemente más insignificantes son vitales para la apicultura. Pero son un recurso que no sólo no se cuida y no se valora, sino que se desprecia e incluso se destruye.

“Hay agricultores y ganaderos que quitan todas las plantas silvestres para desarrollar sus actividades sin darse cuenta que esas plantas cumplen una función muy importante. Los árboles les estorban. El otro día un señor tumbó uno que tenía más de 60 años. Da tristeza”.

“A veces acaban también con las abejas cuando fumigan sus plantíos. Hace poquito, me mataron miles de abejas porque la colmena estaba cerca de un terreno que fumigaron. Me dio mucha tristeza porque, más que la pérdida económica, uno les toma mucho aprecio a las abejas. Ahí estaban por puños, muertas todas”.

Por eso insiste en la preservación del medio ambiente y en las alianzas que los apicultores pueden hacer con los agricultores. “Ya hacemos acuerdos. Por ejemplo, yo llevo mis abejas a Michoacán para que polinicen los aguacates de las huertas y en Atotonilco las llevo a algunas de limón. Ellas hacen un trabajo muy importante porque gracias a ellas se mejora la producción de la fruta y al mismo tiempo nosotros obtenemos miel. Es un beneficio para todos”.

El calendario

Foto: Juan Carlos Núñez Bustillos

Felipe de Jesús viaja con sus abejas por distintas regiones del occidente y centro de México. Tiene su calendario perfectamente definido. En febrero florece la jara amarilla y la cola de zorro de las que se obtiene una miel morena. El 10 de marzo los apicultores se mudan a las zonas donde hay mezquites, especialmente en el norte de Jalisco y hasta San Luis Potosí. En mayo y junio hay que bajar a los manglares de la costa.

En julio y agosto las abejas acuden a las flores de la frutilla, el chilillo y el palo dulce. Después de la temporada de lluvias, entre septiembre y octubre florecen muchas plantas, de ellas se obtiene la miel multiflora. Vara blanca, ciqua, chía silvestre, son algunas de ellas. Entre octubre y noviembre toca el turno de la capitana, la capitaneja, el burillo, perimo y andán. En noviembre se produce el propóleo y “entra” el casahuate.

“En noviembre se va uno a la costa con algunas abejas y antes del 15 de enero nos tenemos que regresar porque empiezan a fumigar las huertas de mango”, dice el apicultor cuya empresa lleva por nombre Little Beehive.

Al igual que con los vinos, cada cosecha de miel es diferente. En cada una se concentra el sabor las propiedades de la planta, el carácter de la región y los vaivenes climáticos del año.

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