Una pizca de azafrán

Un cristal de sal, más valioso que un diamante

¿Qué sería de todas nuestras deliciosas comidas si no existiera la sal? En Cuyutlán está el museo dedicado a esta sustancia insustituible

Yolanda Zamora

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Fotografía: Juan Carlos Núñez

“Ustedes son la sal de la tierra…”  frase evangélica que nos convoca y nos  remite a “ser para otros” en la sencilla comparación de la presencia insustituible de la sal, que no es para sí misma, sino para darle sabor a otros alimentos. La sal en la vida cotidiana, representa la nobleza de un elemento sin el cual nuestra existencia sería, sin duda, menos disfrutable.

Además, la sal puede ser la metáfora perfecta de la ética aristotélica del punto medio, es decir el equilibrio perfecto, la justa medida, en este caso, entre lo desabrido y lo muy salado.

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Fotografía: Yolanda Zamora

En fechas recientes estuvimos en Cuyutlán, Lugar de coyules (para otros lugar de coyotes), en la costa colimense, en pleno mar abierto, entre Armería y Manzanillo, famoso por el espectáculo natural de su gigantesca Ola Verde, especialmente imponente en el solsticio de verano; pero afamado también por su Museo de la Sal, que no me canso de visitar y que hoy les comparto por ser ciertamente un sitio muy peculiar, resguardado por una gran barraca de madera de techos altos y tablones curtidos por el viento marino, muy cerca de la estación del ferrocarril. El museo, fundado en febrero de 1996, está cumpliendo veinte años.

Cuentan las crónicas que originalmente Cuyutlán era un pueblo indio que fue tomado en 1560 por el capitán Rodrigo de Brizuela para fundar la hacienda del mismo nombre. Fue hasta el siglo XVIII cuando es adquirida, en remate, por la Compañía de Jesús, y luego,  tras la expulsión de los jesuitas de la Nueva España en 1780, la hacienda vivió muchos avatares (que no es el caso reseñar aquí), pasando por el decreto del presidente Venustiano Carranza, en 1919, estableciendo que todas las salinas del país fuesen propiedad de la nación y luego, fuesen concesionadas. Así, de concesión en concesión, finalmente la Sociedad Cooperativa de Salineros de Colima, logra la licencia definitiva en 1952, para la explotación de la sal en la costa cuyutlense.

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Fotografía: Yolanda Zamora

Desde el siglo XVII, de febrero a mayo, cuentan, se realizaba la “zafra de sal”, a la que acudía mucha gente de Colima y Jalisco principalmente, lo que hizo famoso a este balneario en el Occidente, como muestra la siguiente fotografía de finales del siglo XIX o principios del XX.

Para obtener la sal se utilizaba el tapextle una especie de cajete hecho de madera de mangle, en el que se deposita la sal del “panino”, que es la capa superior de los terrenos salitrosos, levantada con una rastra llamada “gata”. En el tapextle se mezcla con agua salubre de “pozo” y a través de filtraciones se conduce a las pilas en donde se cristaliza gracias a los rayos solares. Todo este proceso es ilustrado en maquetas, en el Museo de la Sal, y realmente vale el gusto darse una vuelta para visitarlo.

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Fotografía: Yolanda Zamora

Y si se anima a ir, en el Museo de la Sal, se topará usted con la amabilidad de don Vidal Mojarro, salinero de oficio, y ahora al frente del museo quien habrá de recibirlo con una sonrisa, dispuesto a platicar y a contarle, con orgullo, cómo transcurre su vida entre cristales de sal, sin duda, más valiosos que el diamante…

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3 Comentarios

  • Responder
    Patricia Strunk
    9 abril, 2016 en 10:15 pm

    Recuerdo el cuento de las tres hijas el padre les pregunta ” cuánto me quiere ?” Las dos mayores le contestan ” te queremos tanto como la azúcar” y la más pequeña dice ” papi yo te quiero como a la sal” a lo cual el papa se enfurece con ella y la encierra en una torre,,,,la cocinera empieza a ponerle en su mesa platillos sin sal,todo cocinado sin sal……hasta que el hombre desesperado va y le pide perdón a su hija diciéndole q entiende lo importante de la sal! Más o menos así va¡

    • Responder
      Omar
      10 abril, 2016 en 8:48 pm

      Que bonito cuento!

    • Responder
      Juan Carlos Núñez Bustillos
      10 abril, 2016 en 8:48 pm

      ¡Qué bonita e interesante historia! Muchas gracias por compartirla y gracias también por leernos. Saludos cordiales.

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