Primer plato

Las enchiladas de don Rodolfo

Oriundo de un rancho de Zacatecas este hombre vende dulces. Camina cerca de diez km diarios para ofrecer sus mercancías

Juan Carlos Núñez

Palanqueta y alegría. Foto: JCN

Don Rodolfo Sandoval vende dulces. Cada día, salvo los domingos, camina con su mochila a cuestas desde el centro de Guadalajara hasta la zona de Rafael Sanzio, aproximadamente 10 kilómetros y medio. “Les traigo ate de membrillo nuevecito, nada de maltratado, bien cuidado y puede revisarlo, puede probarlo. También cacahuate, tamarindo, garapiñados, arrayán, alegrías de amaranto, palanqueta. Así revueltito, muy bueno todo”.

Oriundo de el rancho El Picacho, municipio de El Teúl, Zacatecas, don Rodolfo dejó su tierra a los 17 años para probar fortuna. “Fui muy vagabundo. Me fui a Estados Unidos, allá trabajé en restaurantes lavando platos y haciendo de comer, trabajé en una fábrica de muebles y fui chofer. Luego fui pescador en Baja California. Pescaba caguama, langosta, abulón. Ya en 1960 vendía dulces. Iba y venía para todos lados”.

Entre ellos Guadalajara, donde ha pasado a lo largo de su vida, varias temporadas. “Yo trabajé en el Calzado Canadá. No es por nada, pero fui muy buen trabajador. Ahí tengo mis cartas de felicitación, ni un solo día llegué tarde. Pero ahí tiene usted que se me murió mi primera esposa a la edad de 23 años y me dejó con mi niña. Entonces pensé: Tengo que tener tiempo para conseguir una compañera, porque trabajaba mucho en la empresa y no tenía tiempo. Dije: por dar cumplimiento aquí no voy a dar cumplimiento conmigo y con mi niña. Y entonces me salí y me conseguí mi compañera”.

Desde hace más de 10 años se dedica a vender dulces. “Agarro del centro para acá y me vengo caminando. Ya tengo mis clientes”, comenta.

Cacahuates y chiles de árbol. Foto: JCN

– Está lejos.

– “Pues alguito, pero qué hace uno. Del centro a la avenida Américas son 21 cuadras. Ahí me siento un ratito, acomodo mis cosas y ya le sigo para vender.

Buen conversador, Don Rodolfo se detiene a platicar con sus clientes y aprovecha para descansar y refrescarse un poco. “Lo malo es que ya no hay tantos árboles como antes, los cortan, y viera qué calorón. Nomás se siente que sale del suelo lo caliente y le pega a uno en la mera cara”.

Con quienes le compran dulces intercambia algunas recetas de cocina. “Mire, por ejemplo, les digo a las señoras que con el cacahuate blanco que traigo, el que no trae cáscara, pueden molerlo tantito y hacer pipián con carne de pollo. Y sí lo han hecho, ora verá. También pueden hacer salsa con chile de árbol, sale bien buena. Ahí le va cómo se hace. Le echa al vaso de la licuadora un puñito de cacahuate y luego le echa tantita aguita, como lo quiera de espeso o aguadito, le pone tantita sal, porque estos cacahuates no traen sal, y lo echa a que muela. Lo pone en una tacita y ¡a comer!

También nos comparte la receta de las enchiladas que hacía su madre:

 

 

Mientras acomoda de nuevo su mercancía en la mochila, Rodolfo dice: “Todavía me siento macizo, pero ya se sienten los años”. Luego de trabajar llega a su casa. “Le ayudo a mi muchacho que está malo de la ciática y casi no puede caminar. Así con una silla que tengo ahí, una silla normal porque no tenemos silla de ruedas, lo ayudo a que se levante al baño y todo”.

“Está difícil, pero hay que echarle ganas”, dice con una sonrisa. Todavía le quedan muchas cuadras que caminar.

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