Primer plato

Dulces y antojitos en el mural de Diego Rivera

Los vendedores callejeros de golosinas y frutas aparecen junto a prominentes personajes en el famoso mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda

Cronista / Ciudad de México

Foto: Cronista

Vendedores de dulces, caramelos, frutas y tortas aparecen en el famoso mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que en 1947 pintara Diego Rivera. La hermosa obra fue dibujada en un muro del salón comedor del Hotel Del Prado, que se ubicó en la avenida Juárez, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Tras el sismo del 19 y 20 de septiembre de 1985 que derrumbó el hotel, el mural resultó dañado. En 1987 se construyó el Museo de la Alameda, adonde trasladaron para su conservación a la imponente y magnífica obra, considerada “una de las más valiosas joyas del arte pictórico mexicano”, como indica la placa del recinto.

“La composición (del mural) son recuerdos de mi vida, de mi niñez y de mi juventud y cubre de 1895 a 1910. Los personajes del paseo sueñan todos, unos durmiendo en los bancos y otros andando y conversando”, señaló Diego Rivera, quien contó con el apoyo de los artistas Rina Lazo, Pedro A. Peñaloza y del maestro Andrés Sánchez Flores.

Realizada al fresco, mide 65 metros cuadrados y pesa 35 toneladas. Ocupa la sala más grande del pequeño museo, situado a pocos metros de la Alameda Central.

Foto: Cronista

Además de personajes de la historia nacional como Benito Juárez, Agustín de Iturbide, la emperatriz Carlota o Porfirio Díaz, también colocó Diego Rivera en el centro las figuras de su pareja Frida Kahlo y la calavera La Catrina que camina del brazo de su creador, el grabador José Guadalupe Posada, y de la mano del propio muralista cuando era niño.

En el mural también dibujó Diego Rivera a gente común del pueblo mexicano, la que sobrevive como vendedora en la Alameda Central, un espacio arbolado localizado a un costado del Palacio de Bellas Artes. Entre las figuras aparece el rostro de un moreno caramelero  que vende pirulís, entre los que hay jinetes, corazones, damas, chiles verdes y rojos y la lira del poeta. Los ofrece colocados cada uno con un palito que inserta en agujeros de un largo palo de madera.

El artistas plasmó en el muro a un niño descalzo, moreno, con un sombrero puntiagudo y vestimenta blanca, que en una tabla ofrece dulces típicos de esos años, que en pleno siglo 21 aún perduran, como son el rico muégano, el delicioso enjambre de nuez y el sabroso pepitorio, entre otros. En el mural el vendedor habla con otro niño, de los llamados papeleritos, un voceador del entonces importante periódico El Imparcial.

Foto: Cronista

Un tercer niño, éste sí con zapatos, al que no se le ve el rostro, camina con una charola con fruta como plátanos y peras, y también al parecer camotes.

Otro personaje es una señora de trenzas largas, sentada de espaldas en una silla de madera, tejida, que tiene en la mano izquierda un palito del que cuelgan tiras de plástico, un sacudidor que suele usarse para alejar las moscas de la mercancía. Ella vende las clásicas tortas, colocadas unas encima de las otras en una pequeña mesa portátil, en la que aparece entre otros platos uno con chiles verdes. Frente al puesto ambulante, un chamaco de clase media come una torta, que también saborean un estudiante de leyes y dos alumnos de la antigua escuela de aspirantes de Tlalpan.

Como si fueran escenas actuales, deambulan vendedores similares por  las calles de la Ciudad de México. Dulces, caramelos, tortas y fruta son, aún, parte de la oferta gastronómica.

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