Primer plato

Placeres tempraneros

Del libro “Teoría de una vida difunta”, Javier Cravioto Padilla nos comparte un poema dedicado al mamey

Javier Cravioto Padilla

Foto: Juan Carlos Núñez B.

Siempre me ha sorprendido
el por qué hay unos esplendidos
y otros
definitivamente reprobables
así, sin intermedios.

Por ejemplo, el de hoy
el de esta mañana
que es cuando más se disfrutan
si eres de los que se sacian
de placeres tempraneros.

Bien, pues a este que tenía a mi lado
y que me esperó toda la noche,
me acerqué prudentemente
sabiendo, que si al avanzar el día
no había sido mío, después no lo sería.

Sepan que a estos todos los desean
y se establecen ritos y acomodos
de sensuales toqueteos
de suaves palpites
para medio abrirlos y conocer sus humedades.

Después de recorrer su piel hacia los lados
de acercar mi nariz y aspirar su olor guardado,
vi pequeñas gotas
retadoras
en su moderada abertura.

Su centro duro, largo y delgado
dividido en dos armónicas mitades
de tonos varios
de los cobrizos hacia el rosado claro
en gama de semilla pulcra.

A ambos lados, bordes carnosos y oscuros,
y en sus colindancias
anatomías laterales de fuerte aroma
jugosas cuando por fin tocaron mi boca.

Este de hoy en la mañana,
estuvo muy bueno
de chuparse los dedos
y todo lo demás,
y no lo parecía.

Creí que la dureza de su piel
su color de lóbrega tristeza
su perfume exterior que no insinuaba
lo llevaría directo al olvido
donde han acabado tantos.

Y no fue así,
el mamey de mi desayuno
de esta mañana dominguera
fue un gran acierto,
bien escogido,
tan cariaco, tan antillano
que, si hubiera otro;
después de descansar un rato,
porque a mi edad se reposa entre uno y otro,
también me lo jamaba.

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