Primer plato

El recetario y la pluma

Lupita conserva como un tesoro cargado de memoria, el recetario que elaboró con la misma pluma con la que escribió sus cartas de amor

Rubén Alonso

El recetario de Lupita. Foto: Rubén Alonso.

En una bolsa de plástico Lupita González Blanco guarda una libreta, ahora un tanto deshojada, con las recetas ordenadas que recibió de su mamá, Consuelo, y aquellas que transcribió de otros recetarios de ella.

A la vista salta la letra, hermosa, de excelente caligrafía y cuidada ortografía, escrita con tinta. “Lo hice cuando tenía quince años, cuando mi mamá me comenzó a enseñar a cocinar”, recuerda Lupita, quien revive detalles de su infancia, juventud, del amor de su vida, José Alonso, a quien siempre le llamó “Perico”, como todos le decían.

El recetario, su educación y las cartas a Perico se unen con una pluma fuente que le regaló su tío, Francisco González Ramírez, “Peky”, cuando estudiaba tercero de primaria en Aguascalientes, allá por 1946 ó 1947.

La sección de repostería. Foto: R.A.

Era una pluma Esterbrook, color verde. Con ella escribió el recetario, realizó los principales trabajos escolares y le escribió cartas a “Perico”, a quien conoció por 1956, y quien radicaba en la Ciudad de México (entonces Distrito Federal), pero cada fin de semana él acudía a Aguascalientes para “ver a la novia”. Eran viajes, entonces, de poco más de diez horas, ya fuera en camión, pero sobre todo en tren. La familia de “Perico” era ferrocarrilera.

El recetario está paginado. 200 hojas, numeradas por ambos lados, para un total de 400 páginas. Las recetas están ordenadas, con su índice y secciones: sopas, pastas, repostería, antojitos mexicanos, bebidas, postres.

Cada receta lleva su título y sus elementos ordenados: ingredientes y modo de preparación, con indicaciones a considerar. Hay de todo: Churros, enchiladas, rompope, biskets, polvorones, galletas holandesas, pay de limón, niño envuelto con o sin mermelada, flan, jericallas, merengues, chongos, buñuelos, gorditas de manteca.

Cuando Lupita terminó sus estudios de Comercio, su mamá, Consuelo Blanco, de las mejores reposteras de su época en Aguascalientes, comenzó a prepararla en las labores de cocina. La madre “pasaría” a la hija lo que recibió de las religiosas Salesianas en Guadalajara donde estuvo internada un año previo a su matrimonio con Jesús, con quien se casó en el templo del Carmen (agosto de 1929), “cuando se abrieron los templos” después de la persecución religiosa, puntualiza Lupita.

De manera simultánea a su preparación en el arte de la cocina, Lupita, con Lety Esquivel, entonces amigas y luego cuñadas, al casarse ella con José de Jesús, acudieron “durante casi un mes” con Toñita, otra repostera de Aguascalientes para ampliar su preparación.

“No duramos mucho. No me gustaba. Toñita, que también era repostera, siempre me preguntaba: “¿Y cómo hace esto tu mamá?”. Estaba pues con la competencia.

  • ¿Te gustaba cocinar?
  • “No. Era por obligación”.
  • ¿Pero había algo que sí te gustaba preparar?

Los postres de recetario. Foto: RA

“En una ocasión, cuando ya era novia de ‘Perico’, hice un Niño Envuelto para el día de su Santo. Bueno, mi mamá y yo lo hicimos. Ella lo partió y unió una parte de manera transversal, lo cubrió de chocolate, con un cuchillo le formó canales para que pareciera un tronco; con alfajor de coco, coloreado una parte de verde y espolvoreado con cocoa formó un nido y le puso unas palomitas. Se lo di y no sé si se lo llevó a México o se lo dio a su tía Carmen Alonso Alonso”. Ella era prima hermana de Ernesto y Alfonso, Ramírez de primer apellido. El primero, conocido más como Ernesto Alonso, fue actor y productor de cine y televisión. Ernesto sí mantuvo el Ramirez y fue torero: “El Calesero”.

Ya de casados, Lupita continúo preparando el Niño Envuelto a “Perico”. Le gustaba.

¿Y la pluma? Con la que escribió el recetario y le escribía las cartas a “Perico”.

En el Colegio Guadalupe Victoria, a cargo de las religiosas de la Compañía de María, fundadas por Santa Juana Lestonnac, “no nos dejaban llevar pluma fuente. Teníamos que llevar porta plumas, de madera, a la que le colocábamos las punta o plumas para escribir”.

“Era complicado, pues teníamos que estar tomando la tinta de un tintero que poníamos en el pupitre, sacudir un poco la pluma para que no goteara ni manchara, y al escribir, teníamos que hacerlo muy suavemente, pues la punta se podría abrir y había que cambiarla”, recuerda Lupita.

“En la papelería donde compraba las plumas vi las plumas fuente. Le pedí a mi papá que me comprara una, pero no quería, pues las mojas sólo pedían porta plumas. Entonces mi tío “Peky” me regaló una, Esterbrook, color verde, aunque yo quería una amarilla”.

“La llevé a la escuela y mi maestra, Carmen Silva, la vio. Ella era prima de mi maestra de piano, Guillermina Enciso, la dueña del Cine Alameda y de los refrescos Orange Crush. Me quería mucho mi maestra”.

La cosa no paró ahí. Resultó que a una compañera se le vació el tintero y manchó el pupitre. Y la maestra, al ver que con la pluma fuente no habría esos riesgos y que la escritura sería más “limpia”, a partir de cuarto de primera permitieron llevar plumas fuente.

El recetario de Lupita, ahora de hojas amarillentas por el tiempo, está impregnado de sabores, de historias, de herencia familiar; cocinar acompañado de él, para su consulta y guía, se erige frente a los tutoriales de cocina que abundan ahora en YouTube.

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