Primer plato

Una infusión calientita de anís estrella y canela

“Doña María entraba contenta a su cocina, ahí elaboraba la magia para incrementar los lazos de afectos convertidos en exquisitas pócimas”

Beatriz Rosette Ramírez

Foto: Juan Carlos Núñez B.

Las reminiscencias en la familia se abren a partir de los sabores, olores e imágenes…

Para nuestras viejas matriarcas (abuelas), el significado de una visita tenía otras connotaciones.  Era un muy grato placer que los amigos cercamos a la familia visitaran la casa; invariablemente había algo que ofrecer, bien un buen plato de comida, un rico café o una taza de té caliente.

Mi abuela se caracterizaba por ser muy buena anfitriona, en su casa se apreciaba al visitante como una bendición con quien compartir los alimentos y los buenos momentos, ella era una mujer excepcional. Cuando la visita llegaba en el transcurso de la tarde-noche doña María entraba contenta a su recinto de cocina, ahí donde elaboraba la magia para incrementar los lazos de afectos convertidos en exquisitas pócimas que ofrecía a quien acudía a verla.

Aquella tarde de encuentro social, presurosa por atender a su audiencia, puso al fogón sus pocillos preferidos con una buena porción de agua, seleccionó minuciosamente sus hierbas aromáticas. “Yo sabía que iba hacer magia”. Cuando mi abuela conjugaba los elementos de agua, fuego y afecto algo grande realizaría. Aquella tarde de diciembre, escogió unas maderitas que tenían forma de una estrella, sí, era anís de estrella, las sumó con otras varitas que también parecían maderas; era canela.

Como era su costumbre, usaba sus manos haciendo contacto físico con aquello que transformaría; ella hablaba, oraba, pedía no lo sé, pero algo sucedía. En tanto el agua del pocillo estaba ya en ebullición, la mano de mi abue soltó un puñado de estrellas y rajas de canela en el agua que hervía, dejó pasar unos minutos; mientras que un exquisito olor invadió la cocina y el resto del pequeño departamento donde yo pasaba vacaciones de verano.

Al apagar el fuego de aquel cocimiento, vertió un vaso de agua fría y tapó su jícara de peltre azul, posteriormente dividió en porciones iguales, cada una en su taza de porcelana rosada que solo utilizaba para las visitas. Colocó su vajilla de té en una charola que parecía de plata grabada, luego sacó de su trastero una pequeña jarra de cristal que contenía miel para endulzar las humeantes bebidas.

¡La infusión estaba lista! Sólo algunos paladares sensibles o expertos inferían el origen de aquel sabor delicioso, una combinaciónde anís de estrella con canela.

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