Primer plato

La canasta de los huevos

Son almacén y medio de transporte seguro. Están en peligro de extinción, pero todavía se pueden conseguir en Guadalajara

Juan Carlos Núñez Bustillos

Canasta de huevos. Foto: Juan C. Núñez.

Cuando era niño me gustaba acompañar a mi nana, doña María Cuevas al tianguis. Yo me sentía muy útil y colaborador porque le ayudaba a cargar “el mandado”. Era una enorme bolsa colorida en la que ella iba colocando cuidadosamente las frutas y las verduras. Cada nuevo ingrediente implicaba un reacomodo: las papas, los chayotes y las zanahorias, abajo. Los jitomates y las calabacitas, arriba. Los huevos aparte, en la canastita de alambrón.

Cargar la bolsa era muestra de fortaleza. Llevar la canasta de los huevos, era muestra de destreza pues había que maniobrar cuidando la mercancía entre los “embotellamientos” de personas. Yo llegaba apenas a la cintura a las personas mayores. Más de una vez sufrí empellones o nalgazos de las señoras más rotundas, pero nunca solté la canasta de metal, garantía de que ningún cascarón se quebraría.

La canasta no era solo medio de transporte de los huevos sino también de almacenamiento. En la fresca despensa se conservaban muy bien durante la semana.

Canasta de huevos. Foto: JC Núñez.

En los supermercados no se venden huevos a granel, vienen ya empacados y a veces sobre empacados en charolas de materiales contaminantes y difícilmente reciclables. Hay algunos que al menos los ofrecen en cartón.

Yo prefiero siempre que puedo compro los huevos a pequeños comerciantes de tianguis y mercados o a distribuidores independientes. Cuando tengo el privilegio de poder ir a estos lugares me llevo la canasta de alambrón que conservo con mucho gusto. Los amables vendedores de huevo la pesan para luego descontar su equivalente.

Yo regreso contento por consumir menos productos empaquetados, pero, sobre todo, por el recuerdo de aquella feliz infancia con mi nana.

En el mercado de San Juan de Dios todavía se venden las canastas para los huevos. Cuestan alrededor de cien pesos.

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2 Comentarios

  • Responder
    Guillermina Alicia Delgado Velázquez
    26 octubre, 2018 en 11:58 pm

    Juan Carlos que placer leer tu relato, me encantó tu recuerdo. Me hiciste recordar a mi Madre con tremendas canastas dónde se iban acomodando las frutas los mangos manila, que me encantaban, la sandia , y los melones en mayo, el epazote, papalo quelite, aguacate los capulines. En la otra la carne, cecina, Chorizo. En la casa se criaban gallinas, ponían los huevos que consumíamos. Y nos entregaban a diario la leche, calentita recién salida de la vaca. Mi madre juntaba las natas y todos los viernes nos daban de merendar Pastel de natas con chocolate. Esto ultimo por supuesto que ya no lo hacemos, pero busco el huevo de rancho, y les compro a pequeños agricultores que venden allá en el mercado Felipe Ángeles. más que nada por salud ya que muchos productos del Súper mercado, me produce alergias (dicen que son los fertilizantes y los pesticidas)

    • Responder
      Juan Carlos Núñez Bustillos
      1 noviembre, 2018 en 2:49 pm

      Hola, Guille. Muchas gracias por tus palabras. ¡Qué delicia todo lo que nos compartes! Nos abres el apetito. No estaría mal recuperar, aunque sea de vez en cuando, la tradición del pastel de natas. Un abrazo y gracias por escribirnos.

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