Letras humeantes

Letras humeantes 22

“Aquel café le parecía más íntimo y a la vez más poblado de almas que él podía escoger para admirar…”

Elba Castro

Un café muy personal. Foto: JCN

Una lámpara iluminaba ese rincón al que era aficionado y que le parecía lo más familiar del día.

Vivir solo no lo hacía apetecer menos su departamento, pero aquel café le parecía más íntimo y a la vez más poblado de almas que él podía escoger para admirar.

La lámpara de vinil, color verde daba una luz tan cálida que podía invitar a la lectura, a la conversación profunda o a descansar las faenas con el humo de una pipa.

Miró de reojo a su alrededor para imaginar algunas historias que podía describir con morbo, pero que no contaría. Le gustaba dar rostro a las flaquezas humanas más increíbles… Tenía la hipótesis de que, al callar sus vicios, la gente hacía cada vez a la civilización más estrecha para vivir plenamente.

Frente a él un hombre desaliñado, que hacía muecas sin hablar con nadie, le llamó la atención. Notó también que en la esquina, una mujer al parlotear por su celular desvanecía sus encantos y en las mesas del centro del café, un trío de mujeres maduras apoyaban silentes a otra que hundía sus reflexiones dentro de su taza humeante.

El instante le llevó a las manos, los personajes y sus historias contadas a través del cuerpo. Se quedó admirado de la diversidad de la vida que contaban individuos de una sola especie, dentro un diminuto universo delimitado por las paredes de ese café que a todos convocaba para acompañar las soledades… ¿por cuál historia se decantaría?, siguió mirando con el cuidado que se enhebra una aguja con hilo de seda. El ambiente del café lo llevó lejos. La taza en el plato sonó como una tirada de runas.

Lo pensó bien y se dispuso a escribir ensimismado… En una servilleta quedó el inicio de sus cavilaciones “Lectura íntima de un café muy personal…”

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