Primer plato

Un gran detalle: los limones sin semillas

Son muy pocos los establecimientos de comida que evitan a sus comensales tener que pescar de sus platos las molestas semillas

Sergio René de Dios Corona

Limones sin semillas. Foto: Juan C. Núñez

Sin semillas o con semillas, es la gran diferencia. Me refiero a los limones. De las miles de fondas, mercados, restaurantes, puestos callejeros y demás sitios para comer que he conocido, solo en dos me los entregaron finamente rebanados y-sin-se-mi-llas. Nin-gu-na se-mi-lla. El resto, 99.99 por ciento de los negocios, simplemente los cortaron a la mitad o en trozos más pequeños, con las minúsculas piezas escondidas o asomándose.

Si el establecimiento entrega los limones sin su media docena o más de semillas cada uno, hace un guiño de atención al comensal. Le importa. Es un pequeño detalle del buen servicio que se le ofrece. ¿Por qué? Porque así evita que los clientes se afanen en revisar y hurgar con la mano, una cuchara o un tenedor, cada uno de los gajos, para rastrear y hallar a las a veces escurridizas semillas blancas.

Limones exprimidos. Foto: JCN

Además, el negocio evita que quien se dispone a usar un limón termine con los dedos verdes, manchados por el zumo, con jugo escurriendo, mientras busca servilletas que limpien los pequeños daños que ocasionó en sus manos atrapar las semillas enterradas. O bien que, cuando suponía haber extirpado cada semilla, cuando exprima la rodaja, sorprendan una o dos y caigan sobre el platillo, lo que conduce a otro afán: remover la comida para encontrarlas y que, si alguna se escapa, la lengua no pruebe su amargo sabor.

Agreguemos que el detalle de también entregar las rodajas sin las semillas ayuda a no pasar por un pequeño mal momento que podría desesperar al más tranquilo: no encontrar dónde deshacerse de ellas. No existen los semilleros. Alguien debería inventarlos.

Porque suelen ocurrir por lo menos tres escenarios cuando por fin atrapamos las semillas. Una posibilidad es que el platillo, por ejemplo, una sopa de verduras, venga en su tazón y con un plato debajo, de soporte, en el que se pueden colocar las semillas alrededor, en las orillas.

La segunda situación que puede presentarse es que el mesero coloque a un lado un pequeño plato o recipiente con los limones cortados, y entonces el comensal pueda depositar ahí las semillas y las rodajas, exprimidas y sin exprimir. Aunque, advirtamos, siempre habrá quienes consideren de mal gusto poner en un mismo espacio rodajas sin y con jugo, porque aquello se puede convertir en un mazacote alimonado, en una especie de ligero caldillo aderezado con semillas.

La cortesía de quitar las semillas. Foto: JCN

Pero, bueno, la tercera opción desagradable es usar una servilleta para colocar ahí los restos del limón. Es la peor alternativa. Las servilletas acaban mojadas, destrozadas por el ácido. Además, la imagen que se ofrece de un papel blanco envolviendo los residuos, es pésima. No anoto una cuarta que exhibe más una falta de educación y buen comer: poner las semillas en la mesa, sobre el mantel o el cristal, sin pudor alguno, en espera de que alguien las recoja.

Anotemos que hay negocios que, en atención a los comensales, cortan los limones de manera en los trozos que llevan a la mesa no hay ninguna semilla. Otros se inclinan por comprar limones sin semillas, que son una variedad también jugosa. Adquirirlos evita a quienes participan en la hechura de la comida dedicar largos ratos en la obsesiva, minuciosa labor, de atrapar semillas, lo cual, sin embargo, es de agradecerse.

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