Primer plato

Alquimia en la cocina de mi abuela

Beatriz Rosette Ramírez

En la cocina se hace magia…

No era fácil compartir su recinto cuando ella cocinaba, y no porque mi abuelita doña María López-Betanqurt viuda de Rossetty fuera una mujer solitaria. No. Simplemente cuidaba sus secretos de cocina

Misterios que develaría sólo a su descendencia, a sus nietas, a quienes ya éramos mujercitas. Ella estaba segura de que nosotras sí lo entenderíamos, pese a que mi hermana tenía 6 años de edad y yo 5. Desde entonces nos inició en el amoroso arte culinario

Sentadas en un gran pretil de talavera blanco y azul, en la colonia Alhambra, en la legendaria ciudad de México, allá por la década de los años 60. Visitarla era un aprendizaje exquisito, como sus platillos: la escuchábamos hablar de lo que para ella era fundamental en la cocina.

Por primera vez llegó a mis oídos la palabra alquimia. No sé si mi querida matriarca sabría que el origen etimológico del término hunde sus raíces en la civilización griega. Pero eso no era trascendente para ella. Asombrosamente actuaba muy segura y con gran dominio de sus palabras. La alquimia la concebía como una mezcla de líquidos. Nos lo explicaba de manera gráfica al combinar porciones de caldos con especias, agua hervida, jugos de jitomate, etcétera. Hoy, a la luz de la distancia, después de 50 años sé que la alquimia es una creencia esotérica que está vinculada a la transmutación de la materia. Ella lo lograba en la cocina.

La alquimia no es un asunto trivial, ya que es considerada como una disciplina filosófica que incluye nociones de la química, física, astrología, metalurgia, espiritualismo y el arte afirman expertos. Para mi querida abuela cocinar era una cuestión de esa envergadura, sin duda algo grande y mágico. Se trataba de componer una fórmula con pociones y hechizos de amor, y añadirle alguna que otra oración.

Había que tener contacto con los ingredientes, tocarlos con las manos, sentir su textura, mezclarlos pacientemente, para después cocerlos a fuego lento y apacible, como lo hace quien tiene un buen corazón, y obtener así una amalgama encantada. Luego, bajo el conjuro de los aromas, reunir a la familia en torno a un platillo de buen sabor que pudiera tocar hasta el alma, asentarse por supuesto en el estómago y, más aún, nutrir a los hijos.

El afán de la abuela era encontrar un “toque divino”, producto de la combinación amorosa al cocinar. Se trataba de aderezar cada paso o movimiento en la cocina con un gran amor maternal, adobado con ese deseo infinito de quedar bien con los suyos en el glorioso momento de tenerlos sentados durante el ritual de la comida. Para mi querida viejita, la sazón no se centraba en la buena elección de condimentos que se añaden en su cantidad justa como la sal, la pimienta, el orégano, la pimienta o la nuez moscada. Ella hablaba de que recurría a los buenos polvos mágicos.

A la luz de la distancia podría yo afirmar, basado en la sabias reflexiones de mi abuela, que cocinar es un don mágico.

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2 Comentarios

  • Responder
    Regina Vergara
    18 enero, 2016 en 5:09 pm

    Marisa querida, he tomado nota de tu receta de carne en su jugo para hacerla muy pronto en San Antonio Texas. Comí este delicioso platillo tapatío en la casa de mi tía Elena, en una mesa completa con tíos y primos, de modo que lo disfruté muchísimo, más aún por estar pasando unos días en la hermosa Guadalajara. Oye, ¿viste la serie española “El tiempo entre costuras”? La chica (guapísima) es idéntica a ti. Tienes que verla!

  • Responder
    Juan Carlos Núñez Bustillos
    20 enero, 2016 en 8:33 pm

    Hola, Regina. Muchas gracias por visitar Jaliscocina. Ya vi que por el Facebook te contactaste con Marisa. Saludos

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