Primer plato

Homenaje al pocillo

Estos recipientes de peltre forman parte de nuestra tradición.  La palabra pocillo es una herencia cultural de nuestros abuelos

Sergio René de Dios

Foto: Juan Carlos Núñez B.

Me gusta la palabra pocillo. La usaban mis abuelos, los cuatro originarios de pueblos jaliscienses, entre ellos Tonila. Es una palabra evocadora, que traslada a la pequeña cocina del rancho frente al volcán Colima o a la casa en Lomas de Polanco, en Guadalajara. “Pásame el pocillo para servirle a René”, decía mi abuela Angelita a su hermana Adela, Lela de cariño para todos.

Pedir esa taza blanca de peltre, con agarradera y los contornos azul oscuro de su boca, anticipaba que estaban listos, en su punto, el café, la canela o el chocolate. Lo sabíamos porque el aroma se desparramaba por el comedor. Dar el primer trago implicaba el paso previo de inhalar un humeante pocillo. Lo que se disfruta, antes se huele.

Pocillo. Palabra que poco se utiliza. Palabra que ahora es propiedad o pareciera estar confinada, arropada, sobre todo por gente del campo. Palabra que va acompañada de despostillarse. De esa huella que deja en los pocillos su caída, que daña el esmalte e imprime una escoriación oscura en la taza. A mayor despostillado un pocillo, mayor señal del abundante uso.

Foto: Sergio René de Dios.

Lo malo es que una despostillada (linda palabra) podía ocasionar que se filtraran el agua, el café o lo que se sirviera, incluida la fresca leche. Despostillar lleva a que se abra un portillo, una pequeña abertura en el recipiente de metal.

El guatemalteco Premio Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias, escribe en su hermoso libro Hombres de maíz, publicado en 1949, una escena en la que aparecen los pocillos. Van unos párrafos de esa recomendable obra maestra de la literatura:

El humo de los pocillos llenos de café caliente y el resuello de los madrugadores que pasaban a tomar café bajo la ceiba, mezclaban sus vahos, frente a la mujer que despachaba detrás de una mesa, al lado de un fuego de tizones gruesos que con su resplandor despertaba a los sanates en las ramas del árbol extendidas por más de seis brazadas a la redonda.

“La mujer que servía el café sacaba el jarro aborbollando del fuego con la punta de los dedos y alargando mucho el brazo, para no chamuscarse la cara retostada de sol y humo. Despachaba con una criaturita dormida a la espalda, toda ella medio desnuda, en trapos tan delgados como tela de mitomate, amoratada de frío”.

Párrafos más adelante, en esa misma escena, Asturias escribe:

“Tres hombres con cara de trasnochados hediendo a sudor apestoso a cebolla, llegaron al puesto. Café, café, café, pidieron. ¿Tocaron anoche?, les preguntó la que despachaba, plantándoles en fila tres pocillos humeantes. El más gordo, alto, zambo, con los ojos muy negros, contestó: Serenata, pero ahora a las nueve de la mañana quieren que empiece la marimba, día y noche va a ser de un solo viaje. ¿Cambiaron instrumento?, preguntó aquélla. No, contestó el que antes había hablado, buscándole la oreja al pocillo, para no quemarse (…)”.

Foto: Sergio René de Dios.

Los pocillos me sugieren un envase con un pocito que alegre alberga algún líquido rico. Los pocillos que conozco son blancos o azules. Los hay grandes, que se sientan en la estufa o el fogón. Pero me atraen los pequeños para beber y saborear su contenido. Son los que obligan a valorar cada gota. Son los que tienen el encanto del tamaño reducido, como invitación a festejar cada sorbo. Quizá para refrendar el dicho de que, de lo bueno, poco.

En algunos sitios de Guadalajara como el restaurant bar La Tequila sirven bebidas en pocillos. También los he visto en Tlaquepaque o en fondas de mercados. Hay tiendas que todavía los venden. En ocasiones los pocillos son para ofrecer bebidas como los caldos de camarón, por ejemplo.

Aunque cada vez menos, el pequeño, mediano o gran recipiente continúa en uso, como parte de una antigua tradición de utensilios de cocina. Por fortuna la palabra pocillo está incrustada en nuestro léxico gastronómico. Es una herencia cultural de nuestros abuelos.

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