Recetario

Agua de tamarindo con canela y algo más

El hechizo de esta bebida esta en los ingredientes que después de un buen hervor se mezclan en un fascinante aroma y gusto

Beatriz Rosette Ramírez

Tamarindo. Foto: Marisa Núñez

En las familias numerosas muchas veces no alcanzan los recursos económicos para comprar refrescos; y menos aún cuando los hijos son numerosos. Las buenas matriarcas se las ingeniaban de muchas maneras para sortear esas y muchas otras vicisitudes con los hijos.

Las grandes mujeres sacan sabiduría de no sé dónde. Infiero que quizás de las experiencias que van viviendo como niñas en su contexto, o tal vez de observar el valor de la madre que va aprendiendo a resolver lo que se venía al paso, con los vástagos en casa, e incluso la pareja. Eso justamente les confirió autoridad a las mujeres, lo que ha trascendido a lo largo de muchas generaciones.

Es muy normal que un niño pida un refresco, pero si a él se le suman otros ocho hermanos más, la situación ya se complicó. Estoy segura que ese era el caso de muchos de nosotros que crecimos en familias muy numerosas. Las mamás se encargaban de resolver. Recuerdo muy bien el canje o catafixia que nos hacía mi madre de los refrescos por una natural y nutritiva agua fresca.

Agua de tamarindo. Foto: Marisa Núñez

No logro recordar el costo de las gaseosas que se vendían en las cooperativas de las escuelas y que, por supuesto, aparecían en los recreos con las muy conocidas Coca-colas y Pepsi-colas o las bebidas que estaban en el mercado en ese tiempo: “Jarritos”, “Titán” “Lulú” y “Patos” de diferentes sabores. Para mis hermanos y yo no había mejor “sodita” que las que preparaba mi madre. Esa combinación de Tamarindo con Canela no tenía comparación.

La preparación es muy simple.

Con mucha nostalgia recuerdo las manos de mamá pelando ocho tamarindos grandes, abriendo su frasco de cristal donde guardaba canela. Desde sus estimaciones matemáticas, con dos varitas bastaba para elaborar una buena dotación de una exquisita bebida.

Cocía ambos ingredientes a fuego alto en un perol amplio, por unos 15 minutos, y los dejaba enfriar para desmenuzarlos con los dedos en la tradicional “jarra de agua fresca”: un vitrolero de cuatro litros que acumulaba este elixir un poco más arriba de la mitad de su capacidad.

La memoria no me da para precisar la cantidad de azúcar; lo que sí aparece en mis reminiscencias es que todos queríamos diluirlo o como decían mis hermanos más chicos “revolverlo”. Era genial insertar el cucharón largo para generar círculos que emergían desde el fondo del recipiente. Pero lo extraordinario consistía en cómo se disgregaban los círculos con la avalancha de cubos de hielo que vertía mamá en aquel contenedor; para los niños, las interacciones con los hermanos siempre serán mágicas.

El encanto no acaba ahí. El hechizo estaba en el sabor, la canela y el tamarindo, que después de un buen hervor se mezclan en un fascinante aroma y gusto. El paladar y el corazón se vuelven a nutrir con esos sabores y recuerdos. El agua es de tamarindo y algo más.

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