Primer plato

“No vendemos medias órdenes”

Esta es una de las absurdas frases que no merece escuchar un cliente de un restaurante, fonda o puesto callejero

Sergio René de Dios Corona

Orden de carne asada. Foto: JC Núñez

Escribo de una de las respuestas que nunca debiera pronunciarse en una fonda, puesto callejero, mercado o restaurante. De una de las frases que no merece escuchar un cliente. Que irrita (me irrita, confieso). Que al generar malestar coloca al comensal en un predicamento: poner un pie en la calle o soportar la afrenta. Son cuatro palabras que atentan contra el buen servicio que merece una persona. Se trata de una frase lapidaria que deja mal parado cualquier negocio: “No vendemos medias órdenes”.

La frase suelen complementarla con otra absurda: “Sólo vendemos órdenes completas”. Y no hay nada que haga dar marcha atrás. “Son políticas del restaurante”, responden muy orondos los meseros, el capitán o el encargado, y también el propio dueño o dueña. ¿Cuántas veces no hemos escuchado esas respuestas los que acudimos a un establecimiento a desayunar, comer o cenar?

Aclaremos que la solicitud de una media orden tiene una lógica: cuando el tamaño de la orden completa de un platillo es demasiado grande para nuestra capacidad o gusto, o cuando sólo nos interesa probar una pequeña porción como un toque especial. Pero a la solicitud racional se le responde con la ilógica. Toparse con una medida así es una desventura. Echan a perder un rato agradable. Meten un contratiempo, una molesta cuña, al rito sagrado de disfrutar ese rato un buen platillo.

Chiles rellenos de atún. Foto: Juan C. Núñez.

Si un negocio dedicado a la comida vende órdenes completas, ¿por qué no ofrece medias órdenes? Y más cuando los que sí tienen en su menú órdenes por la mitad, suelen en correspondencia no cobrar la mitad del precio sino 60 o hasta 70 por ciento de costo. Es decir, el negocio no pierde. Al contrario.

Sin embargo, es común la respuesta de no ofrecer medias órdenes de, por ejemplo, unos chilaquiles, un pollo con mole, una carne en su jugo, una birria o unos chiles rellenos. Cuando el propietario o el gerente del negocio imponen esa política, lo hacen en detrimento del cliente y de la propia empresa. Visto con los lentes del comensal, se trata de una decisión que piensa más en el negocio. El cliente no importa. Su interés vale un cacahuate o, también coloquial y gastronómicamente, un pepino.

Por mencionar sólo un caso, un restaurante de la avenida Chapultepec, cercano a la calle López Cotilla, en Guadalajara, sigue a rajatabla ese criterio. Hace días, para acompañar un molcajete de pollo bien servido y delicioso, pedí media orden de guacamole. Una orden completa era demasiada. Seguramente no me la terminaría. El mesero consultó mi solicitud al gerente, quien desde atrás de la barra le ordenó darme la respuesta que machacó mis oídos, me privó del complemento y dejó insatisfecho. No regreso a ese restaurante. Faltaba más.

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