Primer plato

Omelette sin huevo

Después de la desvelada, las sobras en el refrigerador abrían la posibilidad para preparar un sustancioso desayuno, pero…

Juan Carlos Núñez Bustillos

Foto: Juan Carlos Núñez B.

La desvelada estuvo buena. El despertar, más lento y difícil que de costumbre y el hambre, igual que siempre: mucha y terca. Bajé modorro y despeinado a la cocina. Abrí la puerta del refrigerador. Con mirada todavía borrosa vi muchos botecitos. Como la memoria estaba aún congelada empecé a abrirlos para ver que había. Ninguna de las sobras merecía llamarse por sí misma desayuno, pero en conjunto me servirían para preparar un elegante omelette.

Unos poquitos ejotes cocidos, un trozo de cebolla, pedacera de quesos (los chefs dirían festival), una rebanada de jamón, de un lado media tiesa y del otro queriendo babosear. Hasta una tirita de tocino había. “Con eso hay”, pensé orgulloso.

Encendí la estufa, busqué mi sartén favorito y dibujé en su fondo un garabato con un chorrito de aceite de olivo. Mientras se calentaba, pique los ingredientes que aún no estaban troceados.

Sentí como música celestial el chirriar del aceite cuando vertí sobre él las sobras para convertirlas en un desayuno de nombre francés. Las hice saltar por primera vez y abrí de nuevo el refrigerador para sacar la cartera de huevos.

¡Estaba vacía! Uno de los grandes misterios culinarios que ocurren en mi casa es que el refrigerador guarda celosamente botes y recipientes vacíos. Mantenemos muy fresca la nada. En el congelador los recipientes para los cubitos de hielo se guardan también sin agua.

El desayuno que me volvería a la vida se esfumaba. Pensé en volver a la cama para dormir la tristeza, pero las tripas reclamaban.

“Pos ya qué”, pensé. Seguí meneando la cacerola y cinco minutos después obtuve un delicioso omelette sin huevo. No es por nada, pero me quedó buenísimo. Y desperté.

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