Primer plato

Pan de muerto, antropofagia de harina y azúcar

Existen cientos de variedades de este sabroso antojo que recuerda a los difuntos. Sobre su origen hay también múltiples versiones

 

Pan de muerto. Foto: Juan Carlos Núñez

“Comer muertos es para el mexicano un verdadero placer,

 se considera la antropofagia de pan y azúcar.

 El fenómeno se asimila con respeto e ironía,

se desafía a la muerte, se burlan de ella comiéndola”.

José Luis Curiel Monteagudo

Patricia Bañuelos

Una fiesta al paladar y a la vista resulta siempre la celebración del Día de Muertos, sus característicos olores, colores y sabores representan siglos de tradición. Uno de los protagonistas de esta gran fiesta definitivamente es el Pan de Muerto y como todos los invitados al altar también tiene una tétrica historia.

En algunos rituales prehispánicos se habla del sacrificio de una princesa, la cual se ofrecía a los dioses. El sacerdote le sacaba el corazón y, aun latiendo, se introducía en una olla con amaranto, para después morderlo en señal de agradecimiento. No puedo asegurar en agradecimiento a qué, pero recuerden que estas festividades tienen que ver con la vida y la muerte, y la vida se representa con la abundancia en las cosechas, así que supongo que este sacrificio tenía algo que ver con esto.

Muertos para comer. Foto: Juan Carlos Núñez

Otras fuentes atribuyen la creación del Pan de Muerto a los rituales fúnebres, en donde además de enterrar al difunto con todas sus pertenencias, colocaban también un pan elaborado con semillas de amaranto molidas y tostadas, para después mezclar con la sangre de los sacrificios que se ofrecían en honor a Izcoxauhqui (el señor del rostro amarillo), Cuetzaltzin (llama de fuego) o a Huehuetéotl (dios antiguo).

Originalmente este pan se elaboraba con harina sin nixtamalizar porque pretendían obtener un producto puro (no fecundado). Según Fray Bernardino de Sahagún se elaboraban de diferentes formas, que podían ser flores, muñecos o como saetas que representaban rayos; lo que una vez más nos lleva a pensar en el ciclo agrícola.

Los españoles desde su llegada se mostraron en contra de los sacrificios humanos, quisieron borrar todo rastro de ellos y limitaron a los indígenas sólo a simular estos sacrificios, así que además de elaborar el pan, ahora en harina de trigo, le daban forma de corazón, lo espolvoreaban con azúcar pintada de rojo para simular la sangre de la princesa.

Con el paso del tiempo el este pan se ha ido modificando y ahora su versión más popular es la de la forma circular en donde la parte superior (la bolita) representa el cráneo y las canillas son los huesitos cuya forma simboliza los cuatro rumbos del universo o nahuolli. El sabor a naranja o azahar es por el recuerdo de los ya fallecidos.

Los adornos simulan los huesos. Foto: Núñez.

En México existen casi mil variedades de pan de muerto. En  algunos lugares tienen representaciones especiales como el caso de Mixquic, en donde creían que los niños difuntos se convertían en mariposa por eso le dan esta forma al pan. En Michoacán el pan es más oscuro y con dedicatorias, la de la suegra sigue siendo una de las más populares.

Ahora existen las versiones rellenas de nata, cajeta, chocolate, calabaza y lo que se pueda ocurrir. El Pan de Muerto se produce por toneladas, Puebla encabeza la lista en la producción.

Los antiguos mexicanos se vieron obligados a dejar sus ritos y a negar a sus dioses, pero siempre encontraron la manera de seguir adorándolos. El Pan de Muerto es un elemento más de esa “resistencia cultural” que tenían los indígenas a la imposición de los españoles. Pocas veces la rebeldía tiene un sabor tan delicioso.

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