Recetario

Pollo con cerveza oscura

Dos ingredientes olvidados en una cocina se unieron para formar un delicioso plato colmado de un sabor muy especial

Juan Carlos Núñez Bustillos

Pollo con cerveza. Foto: Juan Carlos Núñez

Lo que estuvo a punto de ser un terrible crimen se convirtió en un acto noble y delicioso. Esta es la historia del pollo a la cerveza oscura que preparé recientemente.

La reunión fue perfecta. Entrañables amigos, sabrosa comida y excelente cerveza artesanal. La intensa conversación se alargó hasta la madrugada: política, chistes, recuerdos, carcajadas.

Al día siguiente cuando recogí los cadáveres de las cervezas me encontré con la terrible imagen. ¡Una botella estaba a medias! Alguien se sirvió la mitad en un vaso y olvidó el resto en el obscuro envase. Por poco y sufro un soponcio. ¿Cómo tirar aquel elíxir? Pero tampoco me apetecía beberlo caliente y ya sin su burbujeante alegría.

“Que no cunda el pánico”, me dije. Dejé la cerveza en un lugar a salvo mientras terminaba de limpiar la cocina y pensaba en cómo podría aprovecharla.

Después de un rato de talacha tuve una epifanía. Recordé que había quedado de algún día anterior parte de un pollo rostizado. Corrí al refrigerador y me encontré efectivamente con una enorme y reseca pechuga. Del cajón de las verduras saqué un par de papas y una cebolla. Con eso hay.

Papas y cebolla acompañan al pollo. Foto: JCN

Rebané la cebolla y corté las papas en cubitos. Las puse al fuego en una cacerola con un poco de aceite. Antes de que se doraran añadí un poco de agua para que las papas se terminaran de cocinar. Mientras, desmenucé la pechuga. Cuando el agua de la cazuela se consumió y las papas ya estaban listas agregué el pollo desmenuzado y lo revolví bien con los vegetales. Bajé el fuego al mínimo, fui al jardín y corté una ramita de orégano. Añadí la cerveza oscura. Sazoné con un poco de sal y pimienta, y con medio sobrecito de chile de árbol seco que había quedado en la alacena.

Lo demás fue esperar un momento a que se concentraran los sabores. Quedó riquísimo. El pollo absorbió, cual era su deber, el intenso y amargo sabor del líquido. La cerveza que estaba condenada al resumidero se convirtió en la protagonista del plato. No sólo resucitó ella, sino que llenó también de vida a aquella triste y reseca pechuga.

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