El Caldero

Un sencillísimo postre de nuez

Del archivo de don Rafael del Barco, estas remembranzas y la manera de elaborar un sabroso dulce

Rafael del Barco

Dulce de nuez. Foto: Juan Carlos Núñez

Recibir gente en la casa de uno es, para mí, uno de los grandes signos del amor y de la amistad, pues la hospitalidad implica grandes obligaciones y permanentes atenciones, un sacudimiento de la placentera rutina (pueblerina en el caso de mi madre) que se troca en alucinante rebumbio, en incesante cuidado por el bienestar de los huéspedes.

Por eso es que pocas familias del mundo reciben en sus casas y prefieren la seguridad y asepsia de invitar a un restaurante, así se trata de sus hijos y nietos, para despedirse una vez concluida la comida, unos a su casa y otros a un hotel.

Esto sucede con frecuencia en las sociedades donde la familia se reduce al núcleo fundamental, mientras que en México la familia es la que los sociólogos llaman extendida e incluye a todos los parientes posibles, consanguíneos, políticos o de cariño y se carga con todos a donde quiera que se va.

La magnitud de la familia permite la diversidad y, lo más importante, promueve el respeto, fomenta la tolerancia, enseña que los seres humanos somos diferentes y, al mismo tiempo, muy iguales.

Nuez. Foto: JCN

Cuando decidimos pasar las vacaciones de Semana Santa en Laredo, en la porción duranguense de la comarca lagunera, muy cerca de Torreón, le dimos la buena nueva, como quien dice el Evangelio, a mi mamá, la suegra de Mercedes, la abuela de mis hijas, la bisabuela de mis nietos y no sé cuál sea el nombre para designar la relación de mi madre con mis yernos, y digo el Evangelio porque a semejanza de éste es una buena noticia, motivo de gozo, pero muy difícil de aceptar.

Otro día les contaré lo que nos dieron los cuatro días que estuvimos allá, baste por ahora señalar que la comida era llevada todos los días por una o dos de mis hermanas, que comían con nosotros y con su familia, lo que hizo que fuéramos como quince a la mesa, lo que es una bicoca para una familia de catorce hijos, todos casados, menos una, más yernos, nueras, nietos y bisnietos.

Las horas que pasamos en el comedor, alrededor de la gran mesa que mi papá mandó fabricar especialmente, fueron magníficas, igual que las que nos permitió pasar el benigno clima en el “patio amarillo”, amplio lugar de reminiscencias andaluzas, donde nos llegamos a reunir más de una cincuentena de parientes.

Una de mis hermanas, Carmen, una de las triates, nos tenía el postre que les ofrezco en esta ocasión, que es una especie de resumen de los postres tradicionales de nuez que se hace en esa dulcísima faja que va desde Durango, la Perla del Guadiana, hasta Monterrey, la sultana del Norte.

La receta

Los ingredientes son una taza de nuez molida, una lata de leche condensada y un huevo entero. Se bate ligeramente el huevo y se mezcla con la leche condensada; una vez que estos dos elementos están bien ligados, se agrega la nuez y se incorpora perfectamente antes de extender la pasta en una charola poco profunda como de 15 por 20 centímetros, untada de mantequilla. Hornee a 180 grados unos quince o veinte minutos, o hasta que la superficie esté dorada; deje enfriar y sirva.

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