Primer plato

Un taco de sal

“Consuelo se castigaba el hambre del puro coraje y nadie, ni siquiera mi madre, lograba hacer que probara bocado”

Yenitzel Chávez

Taco de sal. Foto: Juan Carlos Núñez.

Era muy niña cuando íbamos a casa de la bisabuela materna. La hora de visita casi siempre era cuando apenas pasaba la hora de la comida.  Llegábamos sigilosamente y nos instalábamos en la sala de la casa, con el silencio estricto que los bisabuelos habían impuesto desde que los recordaba.

Casi siempre era la misma escena al entrar: el bisabuelo pasaba las tardes sentado junto a la ventana que daba directamente a la calle. Le divertía el simple transcurrir de la gente y la ciudad en el pequeño pedazo de realidad que alcanzaba a mirar.

La bisabuela en la cocina, entretenida con la olla de frijoles para el día siguiente, el caldito de pollo con arroz blanco y la hierbabuena que jamás faltó o la taza de leche recién hervida para cuando Valeriano, su marido, lo solicitara con un pedazo de plátano manzano.

Se llamaba Consuelo. La recuerdo tan bien, con sus ojos enmarcados en unos enormes lentes bifocales y una diadema oscura sosteniéndole sus largos cabellos cenizos trenzados con mucha paciencia.

Caldo de pollo. Foto: Juan Carlos Núñez

-“Ven para acá, dame un beso aquí”- recuerdo lejanamente que me decía, señalando sus mejillas güeras marcadas de la piel por los años transcurridos. Me acercaba rápido, sabía que después vería llegar el plato de pollo con granitos de arroz y tortillas calientes.

El caldo jamás llevaba jitomate. La bisabuela decía que le quitaba el sabor y para mí, era una forma de consentirme el paladar que nunca se acostumbró al sabor del jitomate cocido.

Eran los mejores días. Aunque había otros en que las discusiones entre los bisabuelos no podían faltar, entonces Consuelo se castigaba el hambre del puro coraje y nadie, ni siquiera mi madre que era tan cercana, lograba hacer que probara bocado.

“Nomás me comí un taco con sal. Tu abuelo me hizo enojar… ¡Me hizo enojar!– susurraba a mi madre con su cara de pesadumbre que duraba el resto del día, lo mismo que su estómago vacío en respuesta al disgusto.

Nunca supe cómo fue que Consuelo se quedaba con su taco de sal en los malos días, cómo era que cubría el hueco del estómago casi por protocolo.

La recuerdo mucho. Un taco de sal basta para que aparezca su imagen en mi mente.

 

 

 

 

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1 Comentario

  • Responder
    Hilda
    10 abril, 2019 en 9:58 pm

    Hola Yenitzel!
    Que hermoso escribes, me encanta leer cada una de tus historias me transportan a muchos años que ya pasaron.
    Sigue escribiendo por que yo seguiré leyendo. Bendiciones

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