Primer plato

Los Papas, de grandes banquetes a salchichas y mate

En el Vaticano quedaron atrás los banquetes suntuosos de los siglos XIV al XVI, para ahora ser íntimos, personales, familiares

Rubén Alonso

Ilustración de un banquete de los Borgia hecha con IA.

Nada que ver los suntuosos banquetes de los pontífices de la Iglesia católica italianos Borgia, Médici o en Aviñón, Francia, del siglo XIV al XVI, con las comidas de los Papas del siglo XX y del primer cuarto del siglo XXI. De las grandes comilonas, incluidas algunas con veneno, a los más ordinarios y personales alimentos en los pasados cien años del Vaticano.

Testimonios documentados los hay, algunos cargados de leyendas negras difundidas por adversarios de la Iglesia, sobre todo cuando la comida ofrecida por pontífices, cual reyes o monarcas, en la Iglesia fueron la expresión del poder y control.

Poco a poco eso fue cambiando. Se separó la comida ofrecida por pontífices de la política. Los papas ya no ofrecen banquetes, comidas o cenas, como lo hace cualquier jefe de Estado, aunque ellos lo sean. El alimento pontificio es privado, personal, íntimo. Es de, en y para la casa. Familiar.

La extravagancia y el poder manifiesto

Alejandro VI

Con Rodrigo Borgia (1492–1503), quien llevaría por nombre Alejandro VI, se organizaban banquetes para los más poderosos de Roma con la intención de manifestar su grandeza. Incluso, en las fiestas religiosas, los banquetes estaban en el primer puesto de la preparación, desplegando tapices en el lugar, cubriendo con flores e iluminación las calles y lugares donde se ofrecían los alimentos, cayendo en lo extravagante.

De él se refiere que el 30 de octubre de 1501 ofreció un banquete en el Palacio Apostólico organizado por su hijo, César. Los invitados, cardenales, obispos y autoridades de Roma llevaron a sus propios catadores de alimentos y vinos, cuya función era verificar que no hubiera veneno en lo que ofrecían.

En agosto de 1503, el papa Alejandro VI murió una semana después del día 6, cuando acudió con su hijo César a un banquete que ofreció en su villa campestre el cardenal Adriano di Corneto. El cuerpo del Papa tras su fallecimiento estaba hinchado, ennegrecido, con la lengua que no le cabía en la boca.

Y qué tal Clemente VI (1342–1352), Papa que tuvo por residencia Aviñón, Francia, y fue conocido como el “papa de los banquetes escultóricos”, pues utilizaba esculturas, incluso de plata, para ofrecer alimentos, como un árbol para colgar fruta fresca, construir un castillo comestible, pues sus paredes se construyeron a base de aves asadas, ciervos cocidos, liebres, jabalís, cabras y conejos. Una demostración de grandeza y poder.

El paso a la intimidad familiar

En el siglo XIX las cosas cambiaron. La desaparición de los Estados Pontificios, en 1870, que comprendían la mayor parte de lo que es ahora Italia, provocó que los sumos Pontífices quedaran en los hechos enclaustrados en lo que hoy se conoce como el Estado Vaticano, con residencia en los Palacios Apostólicos. Los territorios de la Iglesia pasaron de tener 44 mil kilómetros cuadrados a 44 hectáreas en 1929, con los tratados de Letrán entre el gobierno de Benito Musolini y el Vaticano.

Vaticano. Ilustración realizada con IA

Enclaustrados los pontífices, su alimentación se hizo más íntima, personal, familiar y reservada.

De sus alimentos y dietas hay testimonios de sus colaboradores. Imágenes prácticamente reservadas e incluso prohibido tomar registros fotográficos.

Pero poco a poco, con Juan Pablo II (1978-2005), la norma no escrita se fue laxando, hasta llegar con el papa Francisco (2013-2025) a un estilo que rompió protocolos: Jorge Mario Bergoglio, dejó los apartamentos del tercer piso del Palacio Apostólico para residir en el hotel vaticano de Santa Marta y acudir a sus alimentos en el comedor general, así como ofrecer y departir el alimento con personas en situación de calle, o acudir a casas de adultos mayores y comer en su mesa.

Dime qué y cómo comes y te diré quién eres. En los alimentos nos mostramos quiénes somos, qué pensamos, de dónde somos y mucho más. Los alimentos son un reflejo personal, íntimo y social. Nos vincula y diferencia de otros y con nuestro entorno. Y en los Papas, líderes de la Iglesia católica, no hay excepción.

De Pío XII a León XVI

El Papa de la solemnidad, alto y delgado; diplomático e intelectual, Pío XII (1939-1958), comía como un monje. Todos los testimonios refieren que comía muy poco. Su médico Riccardo Galeazzi-Lisi decía que apenas comía para mantenerse con vida.

Desayuno: café o té con alguna galleta o pan tostado. En la comida, porciones pequeñas de verduras cocidas, sopas ligeras y fruta; carnes, mínimas, las evitaba.

Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli comía solo la mayor de las veces, ayunaba en tiempos litúrgicos como la cuaresma, masticaba muy lento, siguiendo los principios del “Fletcherismo” (de Horace Fletcher, conocido como el “Gran Masticador” que promovió esa práctica para mejor digestión); y con moderación consumía vino como todo italiano, pero más agua.

Papa ficticio. Ilustración elaborada con IA.

Su sucesor, Angelo Giuseppe Roncalli, quien sería Juan XXIII (1958-1963) era de excelente apetito. De origen campesino de la región lombarda al norte de Italia, prefería la comida sencilla.

A Juan XXIII le gustaba comer acompañado por cardenales, visitantes e incluso con personal del Vaticano. Fue más cálido y sin la solemnidad al comer.

Como hombre del campo disfrutaba del vino, pero con moderación, y con su estilo de humor convertía el encuentro en la mesa en un momento de convivencia espontánea y alegre.

Entre sus alimentos preferidos estaban la polenta, característica de su infancia; la pasta y el risotto, las sopas y la minestrone, los quesos, el pan casero, las frutas y verduras de temporada, y la carne en abundancia en comparación con Pío XII.

Con Pablo VI (1963-1978), de familia de clase media italiana, intelectual, diplomático y de carrera eclesiástica al interior del Vaticano, puede ubicarse entre el estilo alimenticio de Pío XII y Juan XXIII.

No era de ambiente campesino, pero sí de la misma región que Juan XXIII. Como ellos, en su comer y estilo, reflejaban su personalidad: moderado y disciplinado, sin excesos ni austeridad extrema.

De complexión delgada, comía porciones diminutas pero medidas. Prefería la comida italiana sencilla, típica de la región de Lombardía.

Era formal al comer. Sin ser tan solemne como Pío XII, lo era con seriedad y recogimiento (como se hiciera oración), y en ocasiones compartía la mesa con sus colaboradores.

Pizza. Entre los antojos preferidos por los Papas. Foto: JCN

Habitualmente, Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini comía pasta y risotto, sopas ligeras y minestrone, verduras y ensaladas; prefería el pescado a la carne roja, fruta fresca, así como pan y quesos suaves.

Sobre Juan Pablo I (1978), con un pontificado de 33 días, se tienen pocos o casi nulos registros. De él se comenta que al prepararle la primera mesa papal con especial solemnidad, comentó con humor que tanta vajilla le parecía excesiva para el hijo de trabajadores de los Alpes.

Algunos de quienes fueron sus temporales colaboradores, señalan que los platillos muy elaborados casi ni los tocaba.

Su infancia humilde lo marcó en su forma de ser y relacionarse, así como en la comida. Por su paso como patriarca de Venecia, de Albino Luciani se recuerdan sus alimentos habituales: polenta y sopas, pan, queso y embutidos sencillos; verduras de temporada, pasta simple sin salsas elaboradas, fruta y vino tinto ligero con moderación.

Llegó la comida no italiana

El 16 de octubre de 1978, la Iglesia católica, a través de la mayoría de los 111 cardenales presentes en el cónclave, eligió a Karol Józef Wojtyła, arzobispo de Cracovia, Polonia, sucesor de San Pedro, quien eligió por nombre Juan Pablo II.

Si bien incorporó en su dieta alimentos italianos, como pastas y risotto, los alimentos de su tierra polaca se hicieron presentes, llevando por primera vez a los aposentos pontificios a religiosas polacas que le preparaban lo típico polaco y de su gusto.

Juan Pablo II prefería el té al café; prefería comer acompañado de colaboradores, invitados especiales e intelectuales con quienes debatía y discutía temas, en particular filosóficos. Siempre hacía oración al comienzo y al final de cada alimento, con recogimiento y solemnidad.

Co.. Foto: Juan Carlos Núñez

Como “Papa viajero o peregrino” (104 viajes a 129 países), aceptaba los platillos típicos de cada lugar que visitaba. Pero eso sí, procuraba que en el avión papal llevaran refresco Coca-Cola, que degustó por primera vez en sus viajes y estancias como cardenal en Estados Unidos. En la Polonia bajo el régimen soviético no existía Coca-Cola.

De sus alimentos polacos preferidos se conoce el bigos, un guiso de chucrut (col blanca o morada) con carne; el pierogi, ravioles polacos rellenos de papa, queso o carne; el zurek, una sopa agria de centeno; el pan de centeno.

¿Quién preparaba los alimentos a Juan Pablo II? La hermana Sofía, de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, polacas.

A la muerte de Juan Pablo II, le sucedió Joseph Ratzinger (2005-2013), alemán, de la región de Baviera, quien tomó el nombre de Benedicto XVI.

El ya ex prefecto del Dicasterio de la Doctrina de la Fe (ex Sagrada Inquisición), gustaba de comer con su hermano Georg, sacerdote, así como con sus colaboradores más cercanos.

Sobrio, no extendía el tiempo en la mesa más de lo necesario, disciplinado y metódico como fiel a su estilo personal intelectual. Comía despacio, con calma.

De su agrado eran los platillos de su infancia bávara, como el weisswurst, su debilidad alimenticia, una salchicha blanca; el brezeln, o pretzels con mantequilla; la kartoffelsuppe, una sopa de papa; el pan de centeno y el oscuro; y la schnitzel, filete de ternero o de cerdo, delgado, cocido hasta quedar crujiente (algo así como la cecina).

Papa Benedicto tomando cerveza. Ilustración realizada con IA

Y de bebidas, la cerveza bávara como buen alemán, y un gusto especial por el refresco Fanta de naranja (esa reinvención de la Fanta alemana en tiempos de la Segunda Guerra Mundial que en la década de los 50, en Italia, transformaron de sabores afrutados a base de manzana a la naranja).

Al término de sus cenas, invariablemente, incluso luego de su abdicación como pontífice en febrero de 2013, su ritual incluía tomar café y tocar el piano. Su gran amor.

Con Jorge Mario Bergoglio, argentino, que tomó por nombre papal Francisco (2013-2025), llegó la comida de Sudamérica, en particular de Argentina que mezcla las tradiciones de migrantes italianos y la local.

Pero no sólo llegó el asado argentino, las pastas estilo del Piamonte, de donde procedían sus antecesores, los croissants argentinos (llamados medialuna), las empanadas, el dulce de leche, su debilidad gastronómica. La forma y estilo rompieron todo.

Comida del Papa Francisco. Ilustración elaborada con IA

¿Y qué no decir del mate que a Francisco acompañó en público y en privado todos los días? La imagen más icónica de su identidad argentina es con el mate (del quechua “mati” o calabaza) con su clásica bombilla para ingerir la infusión a base de hoja de mate.

Francisco renunció a ocupar los aposentos del Palacio Apostólico del Vaticano y optó por vivir en Santa Marta, ese hotel interno del Vaticano, departiendo el “pan y la sal” con los residentes habituales, como los trabajadores del lugar y los huéspedes, sirviéndose él mismo de las fuentes y sentándose a la par con otros.

De Italia, la pizza era su preferida, con las pastas.

Pero no se quedó ahí. Las salidas del Vaticano incluían visitas a casas particulares, asilos de ancianos, donde se sentaba a comer con ellos, y qué no decir de las comidas que organizaba con personas en situación de calle o en situación de vulnerabilidad para a su lado comer e incluso servirle a la mesa.

Los “banquetes” de Francisco, fueron diametralmente opuestos a los ofrecidos por los Borgia, los Médici o papas de Aviñón.

Ahora, ha llegado a la cátedra de San Pedro un estadounidense con raíces latinoamericanas. Robert Francis Prevost Martínez (2025 – ), León XIV.

Papa Francisco comiendo. Ilustración hecha con IA.

Si bien ya habita en el tercer piso del Palacio Apostólico, hay testimonios de sus gustos alimenticios y confirmados por él, y que a diferencia de sus predecesores lo hacen más internacional: gusta de la pizza al estilo de Chicago, en Estados Unidos; del ceviche peruano, del arroz con pato y el llamado saco de cabrito, típicos del Perú, donde fue misionero agustino y obispo; así como de la comida italiana a la que se adaptó al tener como sede la casa general de los agustinos de quienes fue superior general, y luego estar al frente como cardenal del dicasterio para los obispos.

¿Qué come ahora? No se sabe. Está por cumplir un año como Papa y un mes viviendo en el Palacio Apostólico. Lo que sí, es que incluso como Pontífice acudía a comer a la casa general de los agustinos, que está muy cerca del Vaticano.

Con los años, las dietas de cada pontífice del siglo XX, de acuerdo con testimonios médicos, cambiaron según su estado de salud.

Si cada Pontífice imprimió su estilo y personalidad en qué y cómo se alimentaban, ¿qué comería un Papa de origen mexicano? ¿Llegarían al Palacio Apostólico el chile, las salsas, las tortillas, el mole, el pozole, los chiles rellenos o en nogada, los frijoles, las quesadillas, el champurrado, el atole, los tacos, las flautas, las enchiladas, los sopes, las tortillas de harina?

Al comer, lo que comemos, cómo y con quién o quiénes comemos, mostramos lo que somos y de dónde somos. ¿O no?

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