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Las deliciosas bebidas del doctor Marín

En 1966, el médico mexicano Federico Marín, escribió un tratado sobre el té, el café, el cacao y el mate en el que incluye aspectos históricos, científicos, literarios y antropológicos de estas plantas

Juan Carlos Núñez Bustillos

Té, café, cacao y mate, son las cuatro plantas a las que el médico Federico Marín dedicó el libro “Las deliciosas bebidas no alcohólicas” que publicó en 1966. El texto está ilustrado por Zita Canessi “con el espíritu y al estilo del libro de la Cruz-Badiano” y pretende que el “lector comparta placeres disfrutados por pueblos lejanos y por el nuestro propio”, afirma el doctor.

Muchos médicos, especialmente los de antaño, tienen también vocación de antropólogos o escritores. Hace unas semanas nos referimos aquí a un libro del doctor jalisciense José Trinidad González sobre el barrio de las Nueve Esquinas.

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Ilustración Zita Canessi. Foto: Jaliscocina.

Federico Marín, autor del libro al que reseñamos hoy, explica al principio de su texto: “Es un hecho conocido el de que los ejercitantes de la Medicina y de la Cirugía necesitan divagar sus preocupaciones con actividades paramédicas. Así, es frecuente saber de escultores, pintores, poetas, novelistas, y otros con gusto por la artesanía, que son a la vez médico-cirujanos en plena actividad profesional”.

Más adelante añade: “Siendo el ejercicio de la Medicina un arte científico, el médico por el simple hecho de serlo, es ya un individuo sensible al Arte y curioso de la Ciencia. Lo que varía es la escala: los hay con genio, y los hay casi espectadores”.

Con este espíritu, Marín escribió cuatro monografías sobre especies vegetales con las que se elaboran algunas de las bebidas más populares de la humanidad. “Las plantas nos llevaron de la mano a usos, costumbres y culturas muy diversas”.

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Ilustración Zita Canessi. Foto: Jaliscocina.

En cada uno de los capítulos, el médico hace una reseña de la historia de la planta, habla de la manera en que se descubrieron sus propiedades, escribe su nombre científico y narra diversas maneras en que se disfrutan. Los textos están salpicados de leyendas, fechas, nombres y dichos.

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Ilustración Zita Canessi. Foto: Jaliscocina.

Incluso presenta un esquema sobre las partes de la planta del té y de la calidad que produce la bebida que se obtiene de cada una de ellas. En el caso del café, da cuenta de su composición química y en el capítulo del cacao incluye un glosario con diversos términos en náhuatl que se refieren a sus diferentes usos. Por ejemplo: Uyco cacaoatl es chocolate con pulque y Yuluxuchio cacaoatl, con flor de magnolia.

Solbre el té, dice: “En 1753 Linneo lo llamó Thea sinensis, clasificándolo después como Camelia sinensis –de la familia de las teáceas. Más tarde reconoció este botánico como mejor la clasificación de John Hill quien describió dos variedades: T. viridis y T. Boea, creyéndose erróneamente que el primero producía el té verde y el negro el segundo, quedando dilucidado después que es el procedimiento de preparación el que cambia el color, habiendo algunas variedades que propician la oxidación de unos fermentos en sus hojas, dando las características de color y sabor al té negro”.

Luego dedica un apartado al té en China, otro al té en Japón y uno más al té en Europa.

Termina el capítulo dedicado a esta planta con una nota que dice: “Por la región de Tequila, y precisamente en el cerro llamado de Tequila, se produce un pequeño arbusto con cuyas hojas se prepara una infusión altamente diurética, muy usada en los pueblos circunvecinos. Lo curioso es que, a estas hojas, las llaman Chá, y la pronuncian como el nombre chino del té: tchá”.

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Ilustración Zita Canessi. Foto: Jaliscocina.

La historia del café que narra Marín es larga. Aquí algunos datos interesantes. “Desde 1590 se habían aclimatado los cafetos de las Indias Holandesas. De allí fue enviada una planta al jardín botánico de Amsterdam en 1706, la cual llegó a florecer y fructificar a los pocos años. Probablemente, todos los cafetales de la especie arábica del mundo actual, proceden de esos granos, siendo el sabio inglés James Douglas quien llamó a ese jardín botánico el ‘semillero cafetalero del mundo”.

Federico Marín cuenta que los conquistadores trajeron el café a México. Los nativos lo llamaron Acoxapolli fruta pequeña que no deja dormir, pero el cultivo no prosperó por el arraigado gusto por el cacao. “Fue hasta principios del siglo XIX cuando el agricultor Jaime Salvet se empeñó en cultivarlo en sus haciendas de Barreto y Xochimancas, jurisdicción de Yautepec, con una plantación de cerca de 400,000 arbustos”.

Viene luego un apartado sobre las propiedades y usos medicinales del café, para seguir después con un “recetario” que dice:

“Perrín da la siguiente recta en anagrama:

Caliente

Amargo

Fuerte

Escaso

en cambio, a la gente Cajún, en Lusiana, le gusta el café:

Negro como el diablo

Caliente como el infierno

Puro como un ángel,

Dulce como el amor.

Luego describe cómo se toma en diversas regiones de México y del mundo.

El cacao

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Ilustración Zita Canessi. Foto: Jaliscocina.

El médico Marín sigue su libro con las semillas que dan origen al chocolate. Luego de describir la planta, los delicadísimos cuidados que requiere su cultivo, sus diversos nombres en lenguas indígenas, su uso como moneda en la época prehispánica y sus propiedades farmacológicas, narra la historia. Detallada como las de las otras plantas.

Sobre la importancia en las ceremonias indígenas, el autor retoma un texto de Sahagún que describe detalladamente lo que hoy llamaríamos “pedida de mano”. Una vez que se completaba el rito “aparejaban de comer, haciendo tamales y moliendo cacao y haciendo sus guisados que se llamaban molli”.

Más adelante escribe Marín: “En el siglo XVIII Madame de Sevigné le escribía a su hija: ‘Antenoche tomé chocolate para digerir la comida y poder cenar bien. Ayer tomé un poco para alimentarme y poder resistir sin tomar nada hasta la noche. Lo que encuentro divertido en cuanto al chocolate, es que actúa según los deseos de quien lo toma”.

Las damas elegantes iban a misa provistas de tazas de chocolate para resistir los largos y tediosos sermones religiosos. Había viejos que se alimentaban exclusivamente de esta bebida… Los médicos lo recetaban como ungüento para las hemorroides y como alimento para los ancianos y debilitados. En Inglaterra recomendaban a los que llevaban una vida sedentaria, sobre todo a los escritores, que no tomaran chocolate, y les advertían a los jóvenes que tampoco lo bebieran porque era ‘un enardecedor romántico más peligroso que una novela”.

El mate

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Ilustración Zita Canessi. Foto: Jaliscocina.

El último capítulo de “Las deliciosas bebidas no alcohólicas” está dedicada al mate, esta yerba sudamericana que, según nos cuenta el autor, no ha podido ser cultivada en ninguna otra tierra. “La palabra mate fue originalmente  matti o mati, voz quechua que significa calabaza”.

Al explorar la historia de esta planta, Marín dice: “Encontramos esta otra referencia: ‘El P. Diego de Torres, provincial que fue del Paraguay, Tucumán y Chile, decía en sus quejas a la Inquisición, en 1610: ‘En estas dos gobernaciones del Paraguay y Tucumán se usa tomar la yerba, y aunque parece vico de poca consideración, es una superstición diabólica que acarrea muchos daños y toca su remedio a este Santo Tribunal”.

El médico narra luego cinco formas de prepararlo y, como en los casos, anteriores habla de sus propiedades médicas y dedica un apartado al arte de cebar. Termina el capítulo con un poema que el nicaragüense Rubén Darío dedica a la yerba sudamericana:

Al forastero, el pampeano

ofreció la tierra feraz;

el gaucho de broncínea faz

encendió su fogón de hermano,

y fue el mate de mano en mano

como el calumet de la paz.

Agradezco a José Luis Aceves el préstamo del ejemplar de este libro para elaborar la reseña.

Los Datos

Autor: Federico Marín

Ilustraciones: Zita Canessi

Editor: Alejandro Finsiterre Editor

Lugar: México

Fecha: 1966

 

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