Primer plato

El servicio a domicilio en los años 40

Vendedores de tortillas, pan, carne, camote, leche de vaca y hasta leche de burra ofrecían sus productos en las calles tapatías

Marisa Núñez / El Paso

Servilleta bordada: Foto :Juan Carlos Núñez

“Chano” llevaba la leche a la casa. Llegaba en un caballo cargado de cántaras y mi abuela le pedía los litros que iba a necesitar. La leche siempre se tenía que hervir. En tiempo de lluvias, bajaba de precio. Valía como diez centavos, pero en “las aguas” costaba como dos o tres centavos menos porque había más leche. Eran los años 40 del siglo pasado en Guadalajara.

Lucio, el panadero, llevaba bolillo en la mañana.  No necesitaba anunciar su llegada. Ya sabía cuántos requería la familia. Los dejaba en el borde la ventanas sin envoltura alguna. Por las tardes, como a las cuatro y media volvía, pero ahora con pan dulce para la merienda.  Mi abuela salía con una charola y dejaba que cada hijo eligiera su pan preferido. Eran dos piezas por cinco centavos.

Tortillas hechas a mano. Foto: JCN.

En algunas temporadas que por alguna razón no se torteaba en la casa, iba doña Félix a llevar tortillas recién hechas. Llevaba los “entregos” previo pedido, envueltos servilletas de tela bordada que le  daban en cada casa. Este servicio también se utilizaba algunos domingos para preparar la enorme cantidad de tacos que bien acomodados y envueltos en cazuela de barro, previamente calentada, se llevaría para comer en los días de campo.

Cuenta mi tía que había un señor que vendía leche de burra. Montaba una de sus burras sin silla ni nada, a “pelo” y arreaba a las otras que iban adelante corre y corre. Pasaba y gritaba: “Viejas flojas, catrinas, levántense”. Eso le caía mal a mi abuela de modo que procuraba no comprarle a ese señor tan “grosero”. Cuando uno de mis tíos enfermó gravemente, el doctor le recetó leche de burra.

Después de un tiempo, a mi abuelo se le pareció más práctico llevar una burra al corral de la casa donde la ordeñaban. El tío no se curó hasta que lo llevaron a la ciudad de México, pero la burra se quedó. También había gallinas que se mataban con regularidad para comer. A veces se conseguía algún cerdo, chivo o guajolote que se mataba para ocasiones especiales como navidades o cumpleaños.

Camote enmielado. Foto. JCN

Por las calles de Guadalajara pasaban vendedores todo el tiempo, cada uno con su pregón. El del camote tatemado y enmielado que pasaba todos los días y gritaba: “titimaoooo”. Llegaba en la mañana. Traía una batea grande de madera, hondita para que la miel no escurriera, y salían también los hijos a escoger las piezas que debían ser blanditas, pero no tan remojadas. El señor ya sabía cómo le gustaban a mi abuela y se los apartaba.

Había también entrega de carne. Todos los días llevaban para hacer cocido. Era obligación que hubiera diario caldo de res que se usaba también para cocinar otras cosas, se le ponía a las sopas y a diversos guisos. Un menú común comenzaba siempre con caldo, arroz, guiso, frijoles, tortillas, agua fresca y postre.

Así era la Guadalajara de antes, así se cocinaba y comía. No había empaques de plástico, se usaban servilletas de tela, ollas de cerámica, loza de peltre, periódicos, cucuruchos de papel periódico o estraza y charolas. No se consumían tantos pesticidas ni químicos. La gente no se enfermedades con tanta frecuencia por su manera de comer. Ojalá que este relato nos valga para recrear en la memoria aquellas épocas maravillosas de nuestras abuelas, pero también para recordar que podemos volver a algunas de aquellas prácticas.

Escucha aquí algunos pregones actuales

Pancho Villa y su tuba. Foto: JCN.

Pancho Villa vende Tuba

Pescado fresc0000

Bolillo pa’ los frijolillos y los molletillos

Llegaron las pitaaaayaaaas

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